A pesar
de todo, el conde-duque no era partidario de declarar la guerra abierta a Francia y
comenzar su invasión. Así lo declaró en una serie de reuniones del Consejo de Estado
celebradas durante el mes de junio, ofreciendo para ello razones de carácter político y
económico. Respecto al primer punto, Olivares argüía que en ningún caso España debía
de adelantarse a declarar la guerra a Francia, pues ello haría cundir la alarma entre sus
rivales que, temerosos, reforzarían una gran alianza antiespañola. Los argumentos
económicos eran claros: ¿cómo podría la Corona sufragar los gastos de una
conflagración de tal magnitud, cuando el grado de endeudamiento era tal que las rentas
fiscales se encontraban ya hipotecadas antes incluso de que se recaudaran los impuestos?
Aunque la decisión final era del rey, nadie dudaba del grado de influencia de Olivares
sobre el mismo: como era previsible, no hubo declaración de guerra.
Las victorias españolas,
en todo caso, continuaron. En los primeros días de junio de 1.625 la guarnición
holandesa de Breda, al mando de Justino de Nassau hermano de Mauricio, se
rendía a Spínola después de nueve meses de agotador asedio. No fue fácil conseguirlo.
Spínola hubo de desplegar todo su acreditado genio militar para tomar la espléndidamente
fortificada ciudad, mediante el despliegue sistemático de un laberinto de trincheras y
fortificaciones extensísimas que pusieran cerco a la misma. Se construyeron alrededor de
Breda 96 reductos, 37 fuertes y 45 baterías llanas con el doble objeto de aislar la
ciudad del exterior para hacerla sucumbir por hambre y proteger al ejército sitiador, que
incluía seis regimientos imperiales, de un posible ataque de fuerzas holandesas de
socorro. A pesar de la victoria y de su gran repercusión en toda Europa, en España se
reafirmó la convicción de que asediando ciudades enemigas no se podía llegar a ninguna
parte, pues ello ofrecía tan poco fruto y tanto coste que confirmaba el retrato hecho por
Coloma, en su informe a Madrid, de los derrotados holandeses, al mostrarles en bastante
mejor estado que a sus desnutridos sitiadores. Era preferible centrar los esfuerzos
en la presión económica y la ofensiva por mar, de manera que, incluso antes de
resolverse el sitio de Breda y atendiendo a los excesivos recursos que absorbía, Felipe
IV envió instrucciones tanto a la infanta-gobernadora Isabel como a Ambrosio Spínola
que de la noche a la mañana iba a ser convertido significativamente en
almirante para que "de aquí adelante se reduzca la guerra por tierra en
Flandes, ajustando lo necesario para los presidios, y que el ejército sea de veinte mil
infantes y cuatro mil caballos y que en Mardique haya una Armada fija de cincuenta
bajeles".
Poco después, el 6 de
julio, llegaron a Madrid las noticias de otro gran triunfo: don Fadrique de Toledo, al
mando de 52 barcos con 12.566 hombres y 1.185 cañones, había atacado Bahía, tras
atravesar el Atlántico con lo que resultó ser la mayor armada que jamás hasta entonces
pasara a América, obligando a la guarnición neerlandesa a rendirse el 1 de mayo tras un
mes de duro bloqueo de la ciudad portuaria. No obstante, el éxito de las armas españolas
en las Indias occidentales no acabaría aquí. Los holandeses habían enviado a Bahía una
flota de refuerzo, formada por 34 barcos, que en cuanto se apercibió de la superioridad
de la fuerza naval de don Fadrique instalada ya en el puerto de la disputa
optaron por rehusar el combate y poner rumbo a Pernambuco para hacer aguada y reparar los
navíos. Posteriormente se dividió en tres grupos, regresando uno a las Provincias Unidas
con los pertrechos de guerra que habían llevado para consolidar la plaza brasileña,
acudiendo otro a las costas africanas para atacar diversas factorías portuguesas allí
asentadas ¾ señaladamente Elmina¾ , donde fue derrotado, y dirigiéndose el último,
con 17 naves, a Puerto Rico, donde lograron desembarcar y apoderarse de la Torre Cañuelo.
Mas la decidida defensa de la isla que organizó el gobernador Juan de Haro, curtido
veterano de la guerra de los Países Bajos, les obligó a retirarse a mediados de octubre,
consiguiéndose evitar con el rechazo la posible formación de una base enemiga enclavada
en el centro del Caribe.
Una nueva victoria se
produjo en los últimos meses de 1.625, cuando, al mando de sir Edward Cecil, una poderosa
flota formada por 88 barcos ingleses y 24 holandeses, además de 12.000 soldados,
apareció ante la bahía de Cádiz el 1 de noviembre con objeto de atacar la ciudad,
destruir la escuadra que allí tenía su base e impedir la llegada de la plata de las
Indias, idea esta última que obsesionaba a la Europa de la época como clave de la
hegemonía española:
"No son sus grandes
territorios los que la hacen tan poderosa, pues es bien sabido que España es débil en
hombres y estéril en productos naturales... No, señor, son sus minas en las Indias
occidentales las que administran el combustible para colmar su deseo enormemente ambicioso
de levantar una monarquía universal".
Las rápidamente
reorganizadas fuerzas locales dirigidas por el Consejero de Estado don Fernando
Girón, que probablemente habían sido prevenidas con tiempo, aunque no lograran
hacerse con los detalles del plan, por los servicios de inteligencia españoles,
consiguieron repeler el ataque, cuya mala concepción y ejecución acabó provocando la
pérdida de la mitad de los hombres y barcos enemigos. Ante el fracaso del asalto a
Cádiz, el 6 de noviembre Cecil ordenó a sus hombres reembarcarse, y esperando capturar
la flota de Indias, cuyo regreso, bien cargada de plata, se esperaba por esas fechas,
detuvo su fuerza naval en la costa sur portuguesa. Sin embargo, el cada vez más peligroso
estado de la mar hizo a Cecil dar la orden de regresar a Inglaterra el 26 de noviembre.
Fue una suerte, ya que tres días después los galeones de Tierra Firme y Nueva España
llegaban sanos y salvos al puerto de Cádiz. Este desastre naval inglés y holandés vino
a acompañar a otro acaecido escasas semanas antes, cuando en la noche del 23 de octubre
de 1.625 una terrible tempestad cogió por sorpresa a los buques que llevaban a cabo el
bloqueo de los puertos flamencos, hundiendo 30 de ambas nacionalidades, momento que fue
aprovechado por los barcos de Flandes tanto del rey como de particulares para
iniciar una oleada de salidas destructivas contra los buques mercantes y pesqueros
enemigos, principalmente neerlandeses.
Un annus mirabillis.
Tal concepto podía definir lo que había sido el año 1.625 para España. Los éxitos de
Génova, Breda, Bahía, Puerto Rico y Cádiz habían hecho triunfar indiscutiblemente a
las armas españolas sobre sus poderosos enemigos franceses, holandeses o ingleses. Y no
era casualidad. El nuevo gobierno y el joven rey venían trabajando duro para mostrar al
mundo que el poderío de la Monarquía hispánica no estaba en decadencia, sino que, al
contrario, era capaz de doblegar a todos sus adversarios. En un mensaje dirigido al
Consejo de Castilla unos meses más tarde, Felipe IV informaba satisfecho:
"Nuestro prestigio
ha crecido inmensamente. Hemos tenido a toda Europa en contra nuestra, pero no hemos sido
derrotados, ni hemos perdido a nuestros aliados, mientras que nuestros enemigos me han
pedido la paz. El pasado año de 1.625 hemos tenido a nuestro cargo casi 300.000 hombres
de a pie y de a caballo, y en armas a unos 500.000 hombres de las milicias, mientras las
fortalezas de España se ponían en estado de defensa. La flota, que al subir yo al trono
sólo tenía 7 barcos, se ha elevado en 1.625 a 108 barcos de guerra marítima, sin contar
los navíos de Flandes, y las tripulaciones están formadas por los marinos más diestros
que este reino haya tenido nunca... Este mismo año de 1.626 hemos tenido dos ejércitos
reales en Flandes y uno en el Palatinado, y todo el poder de Francia, Inglaterra, Venecia,
Saboya, Suecia, Dinamarca, Holanda, Brandeburgo, Sajonia y Weimar no ha podido salvar
Breda de nuestras victoriosas armas."
El año 1.625 se puede
considerar el cenit del poder militar español. De hecho, cuando una década después se
encargaron los lienzos que habían de adornar el nuevo Palacio del Buen Retiro, de los
doce cuadros de batallas que cubrieron las paredes del Salón del Reino, cinco estuvieron
dedicados a conmemorar victorias logradas en ese año, concretamente La rendición de
Breda (de Velázquez), Defensa de Cádiz contra los ingleses (de Zurbarán), Recuperación
de San Juan de Puerto Rico (de Caxés), El socorro de Génova por el segundo
marqués de Santa Cruz (de Pereda) y Recuperación de Bahía en el Brasil (de
Maino).
Olivares consideró que
era el momento oportuno para desarrollar sus planes de integración de la Monarquía
española. Como resultaba impensable actuar bruscamente, creyó el conde-duque que el
proceso podía comenzar mediante el establecimiento de un programa común de defensa, una
"unión de armas", que no sólo favorecería el hecho de que las distintas
provincias de la Corona se acostumbraran a la idea de pensar colectivamente, como parte de
una entidad superior, sino que descargaría de las fatigadas espaldas de Castilla una
parte del peso económico y humano que venía soportando para el mantenimiento de la
costosa política exterior de Felipe IV. Es cierto que las posesiones italianas
contribuían ya notablemente a la defensa imperial y que los Países Bajos leales, aunque
aportaban menos, se hallaban de forma casi constante en primera línea de una dura guerra,
pero Aragón, Valencia y Navarra sólo concedían sumas de dinero esporádicamente y
peor aún Cataluña y Portugal se resistían en redondo a contribuir a
cualquier gasto general de defensa, como si no fuera con ellos lo que ocurriera más allá
de sus fronteras.
Sigue |