Olivares
no tenía la menor duda de que la majestuosa y compleja estratégica internacional que
estaba poniendo en práctica sólo podía llegar a tener éxito si contaba con la
colaboración activa del emperador. Estaba convencido de que podía contar con su ayuda
ahora que había una aparente calma en centroeuropa, sobre todo si se tenía en cuenta la
considerable cooperación económica y militar prestada por España a sus
familiares de Viena. Además, tras el fracaso de las negociaciones matrimoniales
anglo-españolas, era de suponer que se iba a refrendar la unión dinástica mediante el
casamiento del hijo de Fernando II y la infanta María. Precisamente, en noviembre de
1.624 llegó a Madrid el hermano de Fernando, el archiduque Carlos, con objeto, entre
otras cosas, de tratar sobre la posible boda. Aunque Carlos murió en Madrid
repentinamente a causa de unas fiebres, las conversaciones continuaron con uno de los
nobles que le acompañaban, el conde de Schwarzenberg. Olivares aprovechó para explicarle
sus proyectos de guerra comercial contra las Provincias Unidas y la reciente constitución
del Almirantazgo, expresando su deseo de que el Imperio accediera a apoyarlos. Si España
se bastaba para formar una armada que causara daños a las pesquerías del mar del Norte y
dificultase el transporte marítimo mercantil holandés, también para bloquear gran parte
de su comercio fluvial con los mercados centroeuropeos o para decretar la exclusión
comercial de las Provincias rebeldes respecto a las posesiones del Rey Católico, en
cambio necesitaba la ayuda del emperador para completar sin fisuras su proyectada
estrategia. Concretamente, se pretendía que Fernando II buscara los medios que fueran
pertinentes para controlar algún puerto de la zona de Frisia oriental territorio
imperial formalmente independiente, pero en realidad ocupado por los holandeses desde
1.623 con el objeto de convertirlo en centro de operaciones de una cadena de bases
comerciales en el mar del Norte y el mar Báltico dominadas por los Habsburgo. El dominio
de esos mares era la clave. Los propios neerlandeses reconocían que la base de su
economía, pese a la espectacular extensión de sus redes internacionales, seguía siendo
el intenso comercio entre el Báltico y la Europa occidental y meridional de productos tan
fundamentales como la madera, cobre, alquitrán y cáñamo suecos o cereales polacos,
sobre los que ostentaban un virtual monopolio, constituyendo por ello el "nervio
vital" o "espina dorsal" del comercio de las Provincias Unidas. Esta era la
razón por la que Olivares deseaba disponer, con ayuda de los Habsburgo austríacos, de
ciertos puertos en los mares del norte desde los que desafiar el poderío holandés,
mediante la creación de una red comercial que abarcara la ruta marítima que une el
Báltico y la Península Ibérica a la que se pretendía atraer a las ciudades de la
Liga Hanseática y a los estados del Báltico, para lo cual se harían las maniobras
diplomáticas oportunas y también mediante su utilización como base de operaciones
de los corsarios o de una nueva escuadra española que se encargaran de hostigar a los
buques de las Provincias Unidas allí donde más daño se les hacía.
Aunque los espectaculares
planes de Olivares causaron cierto escepticismo en la corte imperial, contaron finalmente
con la aprobación de Fernando II. Sin embargo, no todos los príncipes católicos
alemanes en especial Maximiliano de Baviera, que esperaba para sí mismo un mayor
protagonismo veían con buenos ojos el excesivo influjo que Madrid tenía sobre la
política del Imperio y sus constantes intentos de involucrarlo en los asuntos de los
Países Bajos. Se debió precisamente a presiones de la Liga Católica, a su vez instada
por el elector de Colonia (cuyo pequeño territorio estaba sufriendo económicamente el
bloqueo fluvial a las Provincias Unidas trazado por España y se vería irremediablemente
en la ruina de encontrarse envuelto en hostilidades con aquéllas), por lo que no se
llevó a cabo la incursión de tropas imperiales en Frisia oriental.
Entretanto, temerosos de
la poderosa situación en que se encontraban los Habsburgo en Europa y de los nuevos
movimientos dirigidos desde España tendentes a consolidarla, Francia y la República de
Holanda se destacaron en el intento diplomático de promover una coalición
anti-Habsburgo. Los contactos se sucedieron. En Francia, La Vieuville comenzó a negociar
en mayo de 1.624, tras la fracasada boda de la infanta María, el casamiento del príncipe
de Gales con Enriqueta María (hermana de Luis XIII). Cuando en agosto cesó en su cargo,
fue nombrado para llevar las riendas del gobierno el cardenal Richelieu, que había sido
admitido en el Consejo Real a instancias de la reina madre, María de Médicis, el 29 de
abril. Richelieu consiguió convencer al recientemente nombrado Papa Urbano VIII que
se destacaría por sus tendencias profrancesas de que dispensara el matrimonio
anglo-francés, por lo que en mayo de 1.625, poco después de su subida al trono, Carlos I
se casaba con Enriqueta María. También mantuvo contactos con los holandeses, de forma
que en junio de 1.624 se firmó el tratado de Compiègne en virtud del cual Francia se
obligaba a enviar subsidios a las Provincias Unidas anualmente alrededor de un
millón de libras si éstas se comprometían a continuar la guerra contra España al
menos durante tres años. Respecto al asunto pendiente de la Valtelina, que en virtud del
tratado de Aranjuez quedaba por el momento a cargo de tropas papales, Richelieu se
decidió, en lo que fue su primer paso importante en materia de política internacional, a
ejecutar el acuerdo establecido con Saboya y Venecia tendente a devolver el valle a los
protestantes Grisones, de tal forma que en noviembre de 1.624 fuerzas combinadas francesas
y suizas en número de 9.000, al mando del marqués de Coeuvres, se dirigieron a la zona,
logrando expulsar a finales de año a las distintas guarniciones del Papa y únicamente
resistiendo la fortaleza de Riva, donde el duque de Feria había instalado tropas
españolas en respuesta a las tardías solicitudes de ayuda de Roma. En cuanto a las
Provincias Unidas y los príncipes protestantes alemanes, redoblaron sus esfuerzos
diplomáticos sobre las dos grandes potencias protestantes del Báltico, Dinamarca y
Suecia, para que se decidiesen a intervenir en los asuntos de centroeuropa contra la
peligrosa y expansiva facción católica dominada por los Habsburgo, dejándose ver
también agentes franceses alentando dicha intromisión. A su vez, la República holandesa
y Brandemburgo firmaban en octubre de 1.624 un pacto de alianza que completaba el control
protestante sobre la zona de los mares del norte. En Inglaterra, por su parte, el duque de
Buckingham llevaba a cabo la construcción de una gran flota con la intención probable de
enviarla contra España para vengar la afrenta sufrida tras la ignominiosa ruptura de los
compromisos de boda anglo-españoles, al tiempo que iniciaba conversaciones con los galos
con el objeto de organizar una expedición conjunta, bajo el mando de Mansfeld, que
reconquistara el Palatinado renano para el elector depuesto. Finalmente, el siempre
entrometido Víctor Manuel de Saboya negociaba el casamiento de su hijo menor con una
francesa, María de Borbón, matrimonio que se celebró en enero de 1.625, a la vez que
comenzaba a reunir un ejército con la finalidad de atacar a la República de Génova,
aliada de España, con la ayuda, como no, de Francia.
Resulta evidente que el
año 1.624 vio desarrollarse una facción anti-Habsburgo, impulsada con nuevos ánimos
desde París por el cardenal Richelieu, y otra pro-Habsburgo. No obstante, ninguna de las
dos llegaron a la categoría de alianza, pues en la práctica cada Estado veía los planes
de colaboración bajo el prisma de sus propios intereses. Así, Maximiliano de Baviera,
que era partidario formalmente de la unidad católica, no estaba dispuesto a que España
involucrara al Imperio en su guerra contra las Provincias Unidas; el emperador, por su
parte, no deseaba consumir recursos en los Países Bajos cuando existía el peligro de una
intervención danesa o sueca en Alemania; a su vez, España estaba demasiado comprometida
en la guerra de Flandes como para verse envuelta seriamente en los conflictos que
amenazaban al Imperio; la República holandesa, por otro lado, se hallaba concentrada en
ese momento en organizar el socorro a la sitiada ciudad de Breda o en enviar los refuerzos
que consolidaran su posición en Bahía, y siempre en su lucha contra España; incluso
Francia no podía comprometerse en exceso con los Estados protestantes debido a la fuerza
en el interior del partido dèvot, procatólico, y los tradicionales problemas dados por
los levantiscos hugonotes.
Esta situación se
mantuvo en 1.625. Tal año comenzó con buen pie para la Corona española, pues Francia se
vio convulsionada por la actitud de su minoría hugonote al iniciarse en enero la revuelta
de Soubise, producirse la reanudación de la insurrección de La Rochelle y unirse pronto
a todo ello la rebelión del duque de Rohan, en el Languedoc. Los sublevados solicitaron
la ayuda española, a través del embajador en París, Mirabel, y parece que, tras
consultar una junta de teólogos, encargada de dictaminar sobre si tal actuación era
legítima en conciencia, desde Madrid se les concedió alguna subvención. Estos hechos no
impidieron, sin embargo, que Richelieu siguiera moviendo sus piezas en el norte de Italia.
A principios de marzo, los ejércitos de Francia y Saboya, al mando de Lesdiguières y
Carlos Manuel, iniciaron su marcha conjunta e invadieron la República de Génova, al
tiempo que fuerzas navales francesas llevaban a cabo el bloqueo del vital puerto genovés,
todo ello con objeto de cortar el corredor militar y de abastecimiento que unía España y
el sur de Italia con Milán y las posesiones Habsburgo de la Europa central y
septentrional. La llegada de estas noticias a la corte madrileña hizo estallar entre los
miembros del Consejo de Estado una inusitada impaciencia por saldar las cuentas con
Francia. Ya la actitud de Olivares en el arduo asunto de la Valtelina, que pretendía
solucionar pacíficamente, planteándolo de modo astuto como una cuestión a resolver
entre los galos y el Papado en un intento de enfrentarlos en un litigio beneficioso para
España, había levantado un remolino de protestas entre aquellos que pugnaban por
realizar una demostración de fuerza que frenara el renacido interés de Francia en los
asuntos del norte de Italia. Su actual alianza con Saboya para atacar no sólo a un aliado
de España, sino fundamentalmente la encrucijada de vitales caminos que unían las
dispersas posesiones europeas del Rey Católico con las de los Habsburgo austríacos,
resultaba en Madrid intolerable, de forma que personajes de la talla de Montesclaros, don
Pedro de Toledo, Monterrey o Hinojosa abogaron por aprovechar el poderío militar español
mediante la invasión de Francia desde diferentes puntos ¾ concretamente, Cataluña y los
Países Bajos¾ , iniciando de esta forma una confrontación por la hegemonía de
occidente que tarde o temprano había de llegar. Este estado de ánimo, empero, se
suavizó cuando llegaron avisos informando que, a mediados de abril, aún resistía como
último bastión la ciudad de Génova, y que unas semanas después comenzaron a llegar las
fuerzas de auxilio españolas por tierra, desde Milán, bajo el mando del duque de Feria,
y por mar, dirigidas por el marqués de Santa Cruz, consiguiendo expulsar al ejército
invasor.
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