Mientras
en España se impulsaban tales ambiciosos proyectos, en centroeuropa la situación que se
respiraba tras la victoria de los Habsburgo austríacos sobre los rebeldes bohemios era
tensa y desordenada. La zona media del Rin a su paso por el Bajo Palatinado estaba
controlada por las tropas de Gonzalo Fernández de Córdoba con la excepción de
algún gran bastión como Frankenthal, Heidelberg o Mannheim, y el Alto Palatinado
había sido ocupado apenas sin resistencia por el ejército de Tilly en el verano de
1.621. Federico, sin embargo, no se resignaba a perder sus territorios. Evitando cualquier
posible solución negociada tan del gusto de Jacobo I de Inglaterra, permitió
que Mansfeld reclutara en Alsacia un nuevo ejército que se uniera a los supervivientes de
la campaña bohemia, y en abril de 1.622 se puso al frente del mismo. Otros dos
ejércitos, uno de ellos levantado por Jorge de Baden-Durlach y el otro al mando de
Cristian de Brunswick, también estaban dispuestos a luchar por su causa contra las
fuerzas católicas. El peligro para éstas provenía de la posibilidad de que los
seguidores de Federico lograran actuar conjuntamente, mas la destreza de Tilly, auxiliado
eficazmente por las tropas de Córdoba, evitó que aquéllos llegaran a unir sus fuerzas e
hizo viable su derrota uno a uno: Baden fue vencido en Wimpfen, sobre el río Neckar, el 6
de mayo de 1.622, y Brunswick en Höchst, junto al Main, el 20 de junio, sufriendo en
ambos casos un número considerable de bajas. Aunque los maltrechos supervivientes del
ejército de Brunswick consiguieron reunirse con Mansfeld, para entonces las intenciones
de éste habían cambiado, ya que no estaba dispuesto a arriesgar ahora sus hombres frente
a un enemigo superior y victorioso. Tras retirarse a Alsacia y Lorena, indujo a Cristian a
que le siguiese para ofrecer sus servicios a los holandeses en su lucha contra los
españoles, siendo derrotados en Fleurus por Córdoba poco después cuando penetraban en
los Países Bajos a través de Hainaut. Por su parte, Federico, contrariado por el fracaso
de su nueva aventura militar, regresó a La Haya, enterándose allí del provecho sacado
por Tilly de su posición ventajosa, a instancias de Maximiliano de Baviera, con la toma
de Heidelberg y Mannheim a finales de 1.622, que prácticamente remataba la conquista del
Palatinado.
Maximiliano no lo
olvidemos: jefe de la Liga Católica y responsable máximo de la actuación del ejército
dirigido por Tilly había cumplido con creces las promesas de apoyo hechas al
emperador tres años antes, y ahora esperaba impacientemente su merecida recompensa. Tras
sondear el ambiente, Fernando II creyó llegado el momento de pagar su deuda y para ello
convocó una Dieta parcial en Ratisbona, compuesta casi exclusivamente de príncipes
católicos, que el día 25 de febrero de 1.623 decidió otorgar el Alto Palatinado a
Maximiliano, asignar la administración del Bajo Palatinado a españoles y bávaros y
transferir la dignidad electoral de Federico al duque de Baviera de forma vitalicia (por
lo que, de los siete electores imperiales, ahora cinco serían católicos). Estas
decisiones promovidas por el emperador, fruto de las presiones y ambiciones de la
dinastía Wittelsbach de Baviera, escandalizaron a la opinión pública internacional y
provocaron una oleada de apoyo a Federico mayor del que nunca había tenido hasta
entonces, convirtiéndose en uno de los elementos fundamentales que alentaron la
continuación y extensión de la Guerra de los Treinta Años.
En Madrid se tenía claro
que cualquier paso en falso podía convertir la guerra de Alemania en un conflicto europeo
generalizado, y por eso habían sido partidarios en todo momento de obrar con cautela.
Siguiendo esta premisa de la prudencia, habían optado por dar una salida negociada al
contencioso de la Valtelina mediante el tratado de Madrid de 25 de abril de 1.621, en
virtud del cual el valle se pondría nuevamente bajo el control de los Grisones. A pesar
de que se convirtió en letra muerta, pues ni los cantones se avinieron a ratificarlo ni
los habitantes católicos de la Valtelina estuvieron dispuestos a someterse de nuevo a sus
antiguos señores protestantes, puso de manifiesto el interés conciliador que el gobierno
español tenía en ese conflicto. Tal interés quedó ratificado un año más tarde, en
mayo de 1.622, cuando se llegó a un nuevo acuerdo con los franceses en virtud del tratado
de Aranjuez, que estableció que las fortalezas españolas del valle fueran ocupadas por
fuerzas del Papa hasta que se llegara a un acuerdo definitivo. De igual modo, Baltasar de
Zúñiga había creído conveniente llegar a una solución transaccional con Federico del
Palatinado que incluyera la devolución de sus territorios hereditarios si se mostraba
debidamente arrepentido y dispuesto a no causar más problemas dentro del Imperio. Aunque
para España el Palatinado renano tenía un valor estratégico evidente, en tanto que su
posesión facilitaba el traslado de tropas de Italia a los Países Bajos, la existencia de
un corredor alternativo a través de Alsacia y Lorena daba un margen de
maniobra diplomática, de tal forma que pudiera interesar reintegrar ese importante
territorio si con ello se conseguía una situación más estable en centroeuropa y, sobre
todo, la continuación de la amistad con Inglaterra, cuyo rey Jacobo I deseaba tal
restitución posesoria para su yerno Federico. Precisamente una junta especial creada para
analizar las posibles consecuencias del proyectado matrimonio entre la infanta María,
hermana pequeña de Felipe IV, y Carlos, el príncipe de Gales, afirmaba en diciembre de
1.621 que la alianza hispano-inglesa traería importantes ventajas "por la
necesidad que tiene esta corona del Rey de Inglaterra, con la cual se compondrá lo de
Alemania, se pondrá freno a Holanda y franceses, se asegurará lo de Flandes y las
Indias, y juntas sus fuerzas marítimas (de que abundan más que otro príncipe de Europa)
con las nuestras se limpiarán los unos y los otros mares de corsarios". Pese a
la exageración de sus conclusiones, a la Monarquía española le resultaba fundamental
mantener una relación afectuosa con la Corona inglesa si se quería evitar tenerla como
poderoso enemigo que pudiera apoyar a los príncipes protestantes alemanes contra el
emperador o a los rebeldes holandeses contra España, cortando el corredor marítimo que
unía la Península Ibérica y Flandes. Desde Madrid, en definitiva, se estaba trabajando
con el objeto de conseguir un aislamiento diplomático de los, en ese momento, abiertos
enemigos de los Habsburgo, y éste no se podría lograr si continuaban las tensiones en el
seno del Imperio. De ahí la oposición de Zúñiga y sus colegas a que el emperador
transfiriera unilateralmente la dignidad de elector de Federico al duque de Baviera. Sin
embargo, Fernando II, haciendo caso omiso de la disconformidad de España, sucumbió a las
presiones de Maximiliano, de manera que la sutil y templada actuación diplomática
hispana vería sus objetivos distorsionados: ahora resultaba perfectamente natural que los
príncipes protestantes alemanes se sintieran inquietos y amenazados, pues se había
sentado un precedente muy peligroso que favorecía la extensión del poder imperial en
Alemania y del catolicismo, lo que también era temido por las diferentes potencias
europeas, que veían con espanto el auge que estaba adquiriendo la casa de Habsburgo en
Europa.
A pesar de todo ello, las
negociaciones de boda entre el Príncipe de Gales y la Infanta María continuaron. La idea
de un tratado matrimonial anglo-español surgió en los últimos años del reinado de
Felipe III, con objeto de refrendar las buenas relaciones que mantenían las dos
monarquías desde que Jacobo I, tolerante y conciliador, había sido atraído al campo de
los Habsburgo por el buen hacer del conde de Gondomar, embajador de España en Londres
desde 1.613. A ambos Reinos les interesaba el mutuo acercamiento y cooperación: mientras
España necesitaba la amistad inglesa para desarrollar su estrategia de aislamiento de las
Provincias Unidas, para poder transportar soldados a Flandes atravesando sin peligros el
canal de la Mancha o para obtener los barcos y pertrechos navales que cubrieran las
necesidades de la armada, Inglaterra necesitaba a su vez la amistad española como única
esperanza de restablecer en su dignidad electoral y en sus posesiones a Federico del
Palatinado y como forma de obtener un atractivo mercado para la comunidad mercantil
inglesa, que atravesaba un momento de recesión debido al empuje comercial holandés. Sin
embargo, mientras los contactos tendentes a fijar los términos del acuerdo matrimonial
avanzaban, en España se comenzaron a sentir escrúpulos ante la perspectiva de casar a
una infanta con un hereje protestante. Se confiaba, en todo caso, en que el Papa no
concediera la dispensa para el matrimonio, y así evitar los peligros de una ruptura
frontal de las conversaciones. Además, aunque era grande el interés por mantener buenas
relaciones con Inglaterra, en ningún caso estaba Olivares dispuesto a provocar la menor
tensión con el nuevo elector Maximiliano de Baviera pues temía que se echara en
brazos de los franceses o a realizar la más pequeña acción que debilitara
mínimamente la causa imperial y católica en Alemania. El entendimiento
hispano-británico era importante, pero aún lo era más no defraudar la confianza de los
aliados naturales, sobre todo cuando la potencia inglesa tan pronto desalojaba la plaza
fuerte de Frankenthal guarnecida fundamentalmente por sus tropas y la ponía
bajo el control del ejército español, como ayudaba al Sha Abbas I de Persia a expulsar a
los portugueses de Ormuz, realizando una política artificiosa y a veces desleal que
España devolvía a la recíproca. Todo se complicó cuando, tras un largo viaje de
incógnito, se presentaron en Madrid el Príncipe de Gales y el duque de Buckingham el
día 17 de marzo de 1.623. ¿Cómo decir ahora no al matrimonio, después de la nada
frecuente acción del heredero de la Corona inglesa que arriesgaba su vida en un peligroso
viaje en busca de esposa, sin provocar un grave conflicto internacional? Además,
impresionado por el gesto, el Papa decidió conceder y enviar la dispensa, que llegó a
Madrid el día 4 de mayo, aunque incluía duras condiciones referentes a la no
persecución penal de los católicos ingleses o unas garantías religiosas para la
infanta, sus criados y posibles hijos. Todo el asunto se había enmarañado de tal forma
que, cuando finalmente se rompieron las negociaciones sobre el casamiento del príncipe y
la infanta, se produjo un rápido deterioro de las relaciones anglo-españolas que llevó,
ante el furibundo sentimiento antiespañol de las islas, incrementado ahora por el
convencimiento de la existencia de mala fe hispana en la ruptura, al inicio de una nueva
guerra en el verano de 1.624.
Sigue |