Si la
idea regeneracionista dominó la actuación del gobierno de cara al interior de la
Monarquía española, el concepto de reputación fue la luz que iluminó la senda a seguir
en materia de política internacional durante estos primeros años del reinado.
El fin de la Tregua de
los Doce Años en abril de 1.621 y el convencimiento existente en el seno del Consejo de
Estado de que la continuación de la misma no aportaría ningún beneficio a España trajo
consigo la irremediable reanudación de la guerra en los Países Bajos. El archiduque
Alberto envió en junio un informe a Madrid en el que indicaba que era necesario
incrementar hasta 300.000 ducados al mes el presupuesto del ejército de Flandes, pues de
lo contrario su operatividad quedaría muy limitada. Alberto era consciente de las
dificultades financieras por las que atravesaba la Corona española, y nada le hubiese
gustado más que éstas hubieran amedrentado al nuevo gobierno hispano de tal forma que se
pudieran salvar de la guerra sus queridos Países Bajos meridionales. Quizá albergó esta
ilusión en sus últimos días de vida que se apagó en julio de 1.621, pero
la decisión estaba ya tomada. Únicamente las dificultades propias del cambio de reinado
y la necesidad de poner en marcha los sistemas de obtención de capital suficientes para
hacer frente a la contienda costosa y sin cuartel que se preveía impidieron que el
rompimiento de hostilidades fuera inmediato.
Atendiendo a las
recomendaciones que le llegaron, Felipe IV remitió 900.000 ducados a Amberes y ordenó
que a partir de agosto el ejército de Flandes recibiera la importante suma de 300.000
ducados mensuales, que le permitirían llevar a cabo las campañas, ofensivas o
defensivas, que se proyectasen. Hacían falta fondos con urgencia y no había tiempo para
analizar qué método de financiación pudiera resultar menos nocivo. La forma más
sencilla y rápida de conseguir las sumas extraordinarias que imperiosamente se
necesitaban era fabricar el dinero, para uso interno, mediante la acuñación masiva en
cobre de monedas de vellón. Y así se hizo. No obstante, esto era desastroso para la
economía nacional debido a la inestabilidad monetaria y a la perniciosa inflación que
generaba. De hecho, la mala moneda expulsó a la buena y el valor real del vellón llegó
a ser muy inferior al nominal en plata que representaba (en 1.622, en Madrid, el premio en
plata expresado en términos de vellón fue del 18 al 20 %, y en 1.626 de más del 50 %).
Otra manera menos dañina de conseguir dinero consistió en reducir mediante pragmática
los tipos de interés de juros y censos. De esta forma, no sólo se ahorraba el Estado
importantes cantidades en el pago de las rentas de la deuda pública, sino que favorecía
el que los particulares se decidieran a realizar inversiones más productivas en la
industria o el comercio que aumentaran la riqueza nacional. Finalmente, la Corona también
consideró conveniente que, cuando se dieran situaciones excepcionales en las que
peligraran los planes exteriores de la Monarquía como era el caso, se
realizaran incautaciones de parte de la plata de los particulares que llegaba con la flota
de Indias anualmente a Sevilla, compensando a sus legítimos propietarios con la devaluada
moneda de vellón. Aunque esa plata era fundamental para las transacciones internacionales
de España, tal actitud dio lugar a una pérdida constante de crédito de la Corona,
minándose los deseos mercantiles que pudieran tenerse y provocando una crisis del
comercio oficial español con América, al tiempo que aumentaba considerablemente el
contrabando. Todo esto demuestra que las ideas de regeneración interior y reputación
exterior eran en gran medida incompatibles: si España optaba por continuar las guerras en
Europa, no podía llevar a cabo las medidas que sustentaran un crecimiento y bienestar
económico interno. Las interesantes propuestas económicas de Olivares, resultado de la
herencia ideológica recibida de los arbitristas, siempre quedaron frustradas ante la
prioridad absoluta que se daba a la política internacional de la Monarquía, consecuencia
de la fuerza de la tradición imperial, desacierto disculpable si tenemos en cuenta la
mentalidad del siglo XVII, pero definitivo a la hora de analizar las causas del declive
del sistema español de la época.
La guerra terrestre se
inició a finales de 1.621, cuando Spínola, que había regresado del Bajo Palatinado
dejando allí a Gonzalo Fernández de Córdoba con un pequeño ejército de algo más de
4.000 soldados, decidió asediar Juliers, guarnecida por holandeses desde la crisis de
1.610, que cayó en enero del año siguiente. Pocos meses después tomó Steenbergen, y
una vez cubiertos los flancos, pasó a sitiar Bergen-op-zoom. El fracaso en esta última
operación, que desde el 18 de julio al 3 de octubre redujo a 9.000 hombres por
deserción y muerte los 18.000 utilizados por Spínola, confirmó las teorías que
se venían manejando en la corte madrileña de que el sistema tradicional de lucha contra
las Provincias Unidas, basado en largos, costosos y deprimentes asedios de ciudades bien
fortificadas y defendidas, únicamente podía proporcionar puntuales y pírricas
victorias, ante las enormes pérdidas de dinero y hombres que traía consigo, y en ningún
caso suponía una amenaza real a los intereses de los Países Bajos rebeldes. Tampoco
podían esperarse marchas y contramarchas fulgurantes del ejército de Flandes, pues la
multitud de canales existentes en la zona y la ruptura de las esclusas dificultaban
sobremanera esa capacidad de maniobra militar. Había que cambiar la forma de guerrear si
se querían obtener resultados positivos.
Como el pueblo
neerlandés constituía una República de comerciantes que conseguía su fuerza del mar,
era allí donde había que atacarles, ya que erosionando su fuente de prosperidad
irremediablemente cederían a las presiones de España. Ya a finales del reinado de Felipe
III se inició un programa de reconstrucción naval, posteriormente potenciado por
Olivares, que hizo que en 1.621 la Monarquía poseyera escuadras en Gibraltar, Cádiz,
Lisboa, Galicia, costa vasca y Flandes. Muy pronto se mostró su utilidad, cuando, en
agosto de 1.621, don Fadrique de Toledo consiguió con 9 de sus barcos una victoria en el
estrecho de Gibraltar contra una flota holandesa más numerosa. El papel de esta moderna y
cada vez más poderosa fuerza naval iba a resultar fundamental en la nueva estrategia de
combate a las Provincias Unidas adoptada por España: por un lado, tenía que proteger el
tráfico marítimo español y portugués, y por otro, dañar e interrumpir el comercio
holandés. Para esta última función se utilizaron especialmente las escuadras de Flandes
y Gibraltar. La escuadra del Estrecho, que contaba en el verano de 1.622 con 18 buques,
tenía como misión principal dificultar el transporte comercial entre el norte y el sur
de Europa en su paso al Mediterráneo. Aunque no se logró obstruir esta provechosa ruta
comercial, sí se provocó que el almirantazgo neerlandés hubiera de iniciar un sistema
de convoyes fuertemente armados que eliminara las peligrosas amenazas del trayecto, con
los gastos e incomodos que ello acarreaba. Bastantes más dificultades, pese al bloqueo
con navíos de guerra a que fue sometida la costa flamenca desde un primer momento,
ocasionó la escuadra de Flandes a las Provincias Unidas. Aunque en 1.622 todavía estaba
poco desarrollada únicamente contaba con cuatro barcos del rey, logró
capturar doce buques mercantes holandeses, que en su mayoría transportaban sal y vino
desde Francia, y hundir algunos barcos arenqueros que actuaban en las pesquerías del mar
del Norte, otra fuente importante de ingresos de la República que proporcionaba unos
600.000 ducados al año.
No obstante, la acción
naval sólo podía formar parte de un plan más amplio para ser realmente eficaz. La idea
clave del proyecto era la exclusión de los bienes y barcos neerlandeses de todo el mundo
hispánico, con objeto de golpear duramente a todos los sectores de la economía de las
Provincias Unidas. A comienzos de abril de 1.621, Felipe IV ordenó la inmediata salida de
los barcos holandeses de sus dominios, decretando el embargo de los mismos y sus
mercancías para el caso de que no abandonaran los puertos antes de fin de mes. Si bien un
número considerable de los 800 barcos que venían comerciando con los territorios del rey
de España quedaron sin posibilidad de uso en tal ruta, los holandeses consiguieron romper
el embargo utilizando buques de bandera neutral para transportar los cargamentos a puertos
españoles o descargando su mercancía en puertos de difícil control para la Corona,
procedimiento más caro y arriesgado, pero todavía rentable. En todo caso, su
apartamiento del comercio con los territorios de la Monarquía española, aunque atacaba
directamente una de las líneas de flotación de la República, también resultaba
perjudicial para los intereses propios, tanto para las ciudades portuarias como Sevilla,
que en seguida se resentían de cualquier impedimento al libre tráfico comercial, como
para el suministro de una serie de productos cuyo transporte estaba prácticamente
monopolizado por los barcos de los Países Bajos septentrionales, siendo éste el caso del
cobre o los pertrechos navales. Las autoridades, empero, estaban resueltas a estrangular
el comercio holandés con España y poco a poco fueron perfeccionando el sistema de
embargo. Se ideó la utilización de unos certificados, firmados por magistrados de los
puertos de embarque, que garantizaran que los cargamentos no provenían de las Provincias
Unidas ni eran propiedad de sus súbditos; de todas formas, si tras una inspección del
buque neutral se determinaba su falsedad, se procedía inmediatamente a su incautación y
a la imposición de multas al mercader intermediario. Se consideró oportuno, a su vez,
proceder al embargo de aquellos barcos de propiedad neutral que hubiesen sido construidos
en las Provincias Unidas tras la expiración de la tregua. En diciembre de 1.622 se creó
la Junta de Comercio, siendo nombrado presidente el marqués de Montesclaros, para que se
ocupara de optimizar las medidas económicas contra los holandeses y de resolver el
problema de la entrada ilegal de sus productos. También por esas fechas se decidió crear
un cuerpo especial encargado de la ejecución de los embargos, liberando de esa función a
la administración local ordinaria, debido a lo cual se nombraron veedores de comercio en
zonas tan vitales como Sevilla, Sanlúcar de Barrameda, Lisboa, Oporto, Bilbao, Canarias o
Azores.
A nadie se le escapaba
que todas estas medidas, tendentes a provocar un progresivo debilitamiento del poderío
holandés a través de la revitalización de la fuerza naval española y la implantación
de un embargo económico-comercial a gran escala, debían verse acompañadas por el
fomento de la industria y el comercio propio que evitara la constante salida de la plata
americana y la reducción de la riqueza nacional, mediante la constitución de erarios
que proporcionaran los medios, la creación de compañías mercantiles y la
imposición de un coto proteccionista a las importaciones de productos fabricados en el
extranjero. De la habilidad con que se afrontara el desarrollo de estos planteamientos,
dependía no sólo el resultado de la guerra en el norte de Europa, sino también el
futuro de la propia Monarquía hispánica.
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