El 7 de
octubre de 1.622 murió Baltasar de Zúñiga. Aunque Olivares se negó en ese momento a
tomar formalmente las riendas del poder, creándose un pequeño consejo privado
formado por el marqués de Montesclaros, don Agustín de Mexía y don Fernando
Girón, que durante tres años ocupó de forma colectiva los cargos desempeñados
por Zúñiga, nadie dudaba de quién era el hombre fuerte del gobierno. El embajador
británico, sir Walter Aston, escribía en diciembre: "Olivares es tan absoluto
con este rey como lo era Lerma con su padre".
El hombre que dirigió
los destinos de España durante algo más de veinte años nació el 6 de enero de 1.587 en
Roma, lugar donde su padre, Enrique de Guzmán (segundo conde de Olivares), ejercía el
cargo de embajador español ante el Papa. Un año después del regreso de la familia a
España, cuando Gaspar contaba catorce años de edad, fue enviado a la Universidad de
Salamanca, donde se le educó y preparó para, con el tiempo, seguir la carrera
eclesiástica. La muerte de su hermano mayor en 1.604, empero, hizo que los planes sobre
su vida futura cambiaran, al convertirse en heredero del título y del pequeño señorío
sevillano de la familia, y en 1.607, tras la muerte ahora de su padre, se convirtió en
tercer conde de Olivares. Poco tiempo después, contrajo matrimonio con su prima Inés
Zúñiga y Velasco, que era una de las damas de honor de la reina. Los objetivos de
Olivares en ese momento eran conseguir un cargo en la corte, realizar en ella una
brillante carrera y, finalmente, obtener el ansiado título de Grande de España. Por ello
aprovechó la oportunidad que se le presentó cuando en 1.615 fue designado como uno de
los gentilhombre de la cámara del príncipe Felipe. Desde ese momento trabajó con
fruición para ganarse su favor y confianza y, tras la muerte de Felipe III, se apresuró
a tomar el control del gobierno junto con su tío Baltasar de Zúñiga. Poco a poco fue
acumulando cargos y oficios que hicieran inexpugnable su nueva y privilegiada situación:
en octubre de 1.622 fue nombrado miembro del Consejo de Estado; dos meses después obtuvo
el oficio de Caballerizo Mayor de la Casa Real que, unido al de Sumiller de Corps
conseguido un año antes, le proporcionaba no sólo el privilegio de vivir en el Alcázar,
sino también la codiciada posibilidad de tener acceso directo a la persona del rey en
cualquier momento, tanto dentro como fuera de palacio, con el grado de influencia y poder
que ello conllevaba; a mediados de 1.623 accedió al cargo de Gran Canciller de las
Indias... Al mismo tiempo, pese a las durísimas críticas que había realizado al sistema
de patronazgo de Lerma, Olivares comprendió que únicamente podía instaurar un nuevo y
duradero régimen administrativo dominado por él si iba colocando en los puestos
estratégicos del mismo a un grupo de personas que le fueran fieles, ya fueran familiares,
amigos o deudos. De esta forma, según se le presentó la ocasión, fue lentamente
sustituyendo a la antigua y amplia red familiar de los Sandoval por un nuevo equipo de
personas adeptas que se iban a convertir en protagonistas de los siguientes años del
reinado: sus cuñados el conde de Monterrey, el marqués de Alcañices o el marqués del
Carpio, sus primos el marqués de Camarasa o el de Leganés, su confesor fray Hernando de
Salazar, el duque de Medina de las Torres (que contrajo matrimonio con María, su única
hija) o nuevas figuras de la talla de José González o Jerónimo de Villanueva.
La actuación de Olivares
tendente a construir una base de apoyos que le permitiera perdurar en su privilegiada
situación de acceso al poder fue uno de los contados puntos en que convergió con Lerma.
Por lo demás, sus intereses y motivaciones fueron opuestos, como no podía ser de otra
forma comprobada su abismal diferencia en lo que a rasgos de carácter se refiere.
Olivares tenía una personalidad extraordinaria, compleja y arrolladora. Inteligente y
sagaz, su estado de ánimo era contradictorio, basculando entre la euforia y la
depresión, la modestia y la arrogancia, el idealismo y el pragmatismo, la impetuosidad y
la cautela. Con una voluntad inquebrantable, un absoluto sentido del deber y una enorme
capacidad de trabajo, su vida al servicio del rey se desarrolló en incesante actividad,
siempre corriendo por los pasillos con papeles en el bolsillo o el sombrero y dando
continuas órdenes. Sin apenas ambiciones personales tras obtener la Grandeza de España
al comienzo del reinado y el ducado de San Lúcar la Mayor en enero de 1.625, y sobrevenir
la muerte de su única hija un año después, su verdadera pasión era mandar.
Extravagante, religioso, neoestoico y austero, su hiperactividad acabaría quebrantando su
delicada salud, padeciendo cada vez más frecuentemente insomnio, dolores de cabeza,
hipocondría y gota. Este genio retórico, barroco y desordenado, colérico y dominante,
estaba dispuesto a exigirse y exigir de sus colaboradores lo máximo para que triunfara su
proyecto reformador que había de hacer de la Monarquía española un paradigma de
grandeza.
Olivares no descuidó
durante estos primeros años su labor de continuar la formación del joven rey en los
temas del gobierno y administración de la Monarquía. Felipe era un hombre inteligente y
aprendía rápido, pero, tal vez por su juventud, adolecía de una falta de carácter y de
una inseguridad en sus posibilidades que le llevaban a solicitar constante consejo a
personas de su confianza. Además, pasada la novedad de los primeros meses, su grado de
dedicación al trabajo de los "papeles" fue menor de lo esperado. Por esa
razón, Olivares se permitía en algunos momentos recordar sus obligaciones al joven rey,
insistiéndole en la necesidad de que debía gobernar por sí mismo; quizá actuara de
forma egoísta, ya que deseaba eliminar la idea de que él fuera valido de Felipe IV (es
decir, un favorito personal como lo había sido Lerma) y subrayar el carácter oficial de
su función de ministro.
Muy pronto el conde
creyó oportuno ofrecer a Felipe una detallada instrucción secreta que contendría,
además de las informaciones básicas acerca de sus reinos y de un análisis de sus
problemas, un completo programa de las diferentes direcciones que habían de tomarse en el
gobierno de la Monarquía. Este documento, conocido como Gran Memorial y fechado el 25 de
diciembre de 1.624, tenía un carácter didáctico, informativo y educacional, pero hoy
constituye un deslumbrante monumento de las ideas regeneracionistas de Olivares. En él
hacía referencia al proyecto ya iniciado de reforma fiscal, a la idea de poner fin al
lujo y la corrupción, a la necesidad de alentar la inversión de capital en compañías
mercantiles y de cambiar la actitud cerrada y retrógrada respecto a los
estatutos de la limpieza de sangre o al problema de la despoblación y sus posibles
soluciones, favoreciendo los matrimonios, la tenencia de hijos o la venida de inmigrantes
cualificados. También realizaba un repaso a los distintos órdenes sociales: el clero,
del que criticaba su excesivo número, riqueza e independencia; la nobleza, de la que
desconfiaba, con carácter general, de su capacidad administrativa y directiva,
proyectando para subsanar la falta de gente preparada, de "cabezas", unos
Estudios Reales del Colegio Imperial regido por los jesuitas; y el pueblo, al que había
que alimentar y gobernar justamente. Más tarde, pasaba a analizar la administración de
justicia y cada uno de los diferentes Consejos. Por último, en la parte final del Gran
Memorial exponía su proyecto más controvertido: la reorganización global de la
Monarquía española, que hiciera factible el progresivo paso de la división de sus
partes a la unidad, confianza y cooperación entre las mismas, pues solamente así podría
sobrevivir. La no unificación y distribución eficaz de los cuantiosos recursos
materiales y humanos de la Monarquía haría de España un gigante con pies de barro, de
forma que era necesario ensamblarla en un todo único, empezando por la propia Península
Ibérica. Así lo expresaba Olivares:
"Tenga V. Majd. por
el negocio más importante de su Monarquía el hacerse rey de España; quiero decir,
señor, que no se contente con ser rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, conde de
Barcelona, sino que trabaje y piense con consejo maduro y secreto por reducir estos reinos
de que se compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia en todo
aquello que mira a dividir límites, puertos secos, el poder celebrar cortes de Castilla,
Aragón y Portugal en la parte que quisiere, a poder introducir V. Majd. acá y allá
ministros de las naciones promiscuamente y en aquel temperamento que fuere necesario en la
autoridad y mano de los consellers, jurados, diputaciones y consejos de las mismas
provincias en cuanto fueren perjudiciales para el gobierno y indecentes a la autoridad
real, en que se podrían hallar medios proporcionados para ello, que si V. Majd. lo
alcanza será el príncipe más poderoso del mundo".
La reducción a las leyes
de Castilla no tenía como objetivo "castellanizar" España, sino, haciendo gala
de miras más altas, elevar la autoridad del rey allí donde los fueros y costumbres la
limitaran, pues sólo un poder absoluto en el interior permitiría una respuesta rápida y
contundente a los problemas que amenazaran la Monarquía, ya fuera una depresión
económica o un ataque de una potencia extranjera. Resultaba perfectamente natural que el
reforzamiento del poder real en busca de la consolidación del control sobre sus pueblos y
de una explotación más eficaz de los recursos nacionales se pretendiera realizar en base
a la extensión de las leyes de Castilla, pues era allí donde la autoridad del monarca se
ejercía con menos cortapisas constitucionales, aunque al mismo tiempo se comprendían las
quejas de los reinos periféricos que apenas veían a su rey y que se sentían
prácticamente excluidos de los cargos en el gobierno y en la casa real, por lo que
Olivares consideraba que la uniformización de la Monarquía, su
"hispanización", era incompatible con cualquier exclusivismo castellano e
inevitablemente requería frecuentes visitas del rey a las diferentes provincias y la
designación de catalanes o portugueses para puestos de importancia. Sólo el camino de la
unidad, la correspondencia y la intercomunicación de intereses podían aliviar los
síntomas de debilidad que amenazaban a la potencia española, pero, ¿tendría fuerzas
para recorrerlo?
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