Era
ostensible el desastre político y económico que habían traído consigo los términos de
la Tregua de los Doce Años, y el correlativo auge de las Provincias Unidas en tal periodo
de tiempo. En un memorándum al respecto escrito en 1.620, después de enumerar el ámbito
de expansión holandés, Carlos Coloma finalizaba su exposición indicando que "mi
opinión es, que si en doce años han conseguido todo esto cabe imaginarse lo que harán
si les damos más tiempo... Si continúa la tregua nos veremos condenados a sufrir todas
las desventajas de la paz y todos los peligros de la guerra". Además, era una
convicción compartida por amplios sectores del pueblo español considerar el derrumbe
industrial y el rápido declinar de las ciudades de Castilla durante la segunda década
del siglo XVII, la marea de manufacturas extranjeras que invadía la Península Ibérica,
el excesivo drenaje de oro y plata de la misma o la acentuada despoblación que la
afectaba, como efectos contraproducentes de la tregua. Definitivamente, no podía llegarse
a otra conclusión que la de prorrogarla sólo si los neerlandeses se avenían a su
renegociación.
Sin embargo, ni España
ni las Provincias Unidas tenían un interés irresistible en evitar la reanudación de la
guerra. La situación política de ambos países había cambiado desde 1.609, en que el
triunfo de los partidos pacifistas de Lerma y Oldenbarnevelt había alentado la paz. Una
década después, Lerma había caído del poder, siendo sustituido por una generación de
políticos y diplomáticos Zúñiga, Oñate, Olivares... que eran partidarios
de mantener la estructura imperial española, la "reputación" del rey de
España, por la vía de las armas si era necesario. Ante la política absentista e inerte
anterior, se decidieron por una política exterior activa e intervencionista propia de una
potencia que ostentaba la hegemonía sobre Europa. Las victorias de los Habsburgo en
centroeuropa vinieron a dar la razón a aquellos que eran partidarios de reanudar la
guerra contra los holandeses. También en las Provincias Unidas se había impuesto el
partido de la guerra de Mauricio de Nassau frente a la más prudente facción dirigida por
Oldenbarnevelt. Precisamente éste y su amigo Hugo Grocio, eminente jurisconsulto y
filósofo padre del iusnaturalismo racionalista, fueron detenidos en 1.618. Si bien Grocio
logró escapar en mayo de 1.619, Oldenbarnevelt fue condenado a muerte y ejecutado. En
realidad, se aprovechó una controversia teológica entre dos profesores de la Universidad
de Leyden para eliminarle. Uno de ellos, Arminio, no estaba de acuerdo con la doctrina
ortodoxa de la predestinación, por lo que polemizó con el otro, Gomar. El fondo de sus
divergencias, empero, escondía una distinta visión de las relaciones entre la Iglesia y
el Estado: Arminio consideraba que las autoridades civiles tenían derecho a arbitrar en
asuntos eclesiásticos, a lo que se oponía rotundamente Gomar, que subrayaba el carácter
divino de la organización eclesiástica, acusándole además de criptopapismo y
proespañol. El caso es que estas controversias fueron pronto utilizadas políticamente:
en 1.617 Mauricio de Nassau se declaró públicamente partidario de las ideas gomaristas,
en 1.618 se convocó el Sínodo de Dordrecht que se pronunció en favor de la ortodoxia
calvinista y de la no injerencia del poder civil en los asuntos de la Iglesia
(contrariando las tesis de Arminio), y, finalmente, un año después se ejecutó a
Oldenbarnevelt acusado de traición al fomentar las herejías arminianas y el papismo. El
triunfo de Mauricio trajo consigo un eclipse del partido favorable a la paz y una
preponderancia de los elementos radicalmente calvinistas, anticatólicos, antiespañoles
y, por todo ello, tendentes a la no renegociación de la tregua atendiendo a los intereses
hispánicos.
Aunque se autorizó al
archiduque Alberto, valedor de la paz, a mantener contactos hasta el último momento con
el estatúder Mauricio de Nassau, desde Madrid resultaba obvio que los holandeses no
estarían dispuestos a hacer ninguna concesión a España, por lo que comenzaron a moverse
de nuevo los pesados engranajes de la maquinaria militar con el objeto de proveer de más
hombres y dinero al ejército de Flandes para que estuviese dispuesto a reanudar las
hostilidades en cuanto finalizase la tregua. En 1.620, después de unos años manteniendo
un presupuesto y un contingente reducidos, los ingresos de la pagaduría del ejército de
Flandes aumentaron hasta superar los 7 millones de florines destinados a cubrir las
necesidades de algo más de 50.000 hombres. El 9 de abril de 1.621, diez días después
del inicio del reinado de Felipe IV, expiraba formalmente la Tregua de los Doce Años.
España se había sumergido, sin saberlo, en una guerra que duraría aún 27 años y que
marcaría de una forma fundamental las nuevas directrices y objetivos en materia de
política internacional.
Fue en su lecho de muerte
cuando Felipe III comprendió su yerro como rey. Había sido un hombre bueno, piadoso,
tranquilo..., pero nunca quiso o supo ejercer las responsabilidades que, como
gobernante del Estado hegemónico de la cristiandad, le correspondieron. Y por ello le
atormentaron los remordimientos en sus últimos días de vida. Su reinado se caracterizó
por la inexistencia de una mano firme que dirigiera la nave del Estado. Ni siquiera el
valido que escogió, Lerma, era un hombre interesado por los asuntos de gobierno. Sus
objetivos abarcaban el poder, el dinero y la influencia, pero no el dar un rumbo definido
a la política española. Sus ideas pacifistas en la política exterior, que se plasmaron
en las relaciones de España con Francia, Inglaterra o los Países Bajos del norte, no
representaban una convicción interna sino, al contrario, una falta de decisión, una
falta de interés por las responsabilidades que generaba el intervencionismo. En ningún
momento supo comprender la posición que ocupaba la Monarquía española en las relaciones
internacionales. Quizá por ello, durante estos años los embajadores, virreyes y
diplomáticos españoles en el extranjero ejercieron un brillante papel protagonista. Eran
hombres inteligentes, resueltos, conscientes de la posición de España en el mundo,
deseosos de restaurar su grandeza volviendo al tiempo ideal de Felipe II. Hombres como
Zúñiga, Oñate, Villafranca u Osuna se sentían humillados ante las nuevas tendencias
marcadas desde Madrid y aprovechaban la falta de un gobierno central fuerte y decidido
para llevar a cabo alguna iniciativa propia, actuando primero y dando explicaciones
después, que evitara un mayor deterioro de los intereses de los Habsburgo. Sólo con la
incorporación de Baltasar de Zúñiga al Consejo de Estado en 1.617 y la caída de Lerma
un año más tarde se logró modificar la situación. Zúñiga, que era la voz más
influyente del revitalizado Consejo, se veía a sí mismo como el guardián de las
tradiciones de la Monarquía española. El concepto clave era "reputación", es
decir, afirmación de los derechos e intereses sin eludir las
responsabilidades del rey de España, y con esa finalidad in mente dirigió
con mano firme la política exterior durante cinco años, los últimos de su vida. En ese
periodo se tomaron decisiones fundamentales que determinarían el rumbo de los
acontecimientos que se produjeron durante buena parte del reinado de Felipe IV, como la
reanudación de la guerra contra las Provincias Unidas o la intervención en ayuda de los
Habsburgo austríacos que sumergiría a España en la Guerra de los Treinta Años.
Cuando el 31 de marzo de
1.621 murió Felipe III, subió al trono su joven, inteligente e inexperto hijo Felipe IV,
que aún no había cumplido los 16 años. El cambio de rey trajo consigo una ola de
entusiasmo y esperanza general, ante el advenimiento de un nuevo y prometedor régimen que
tenía como objetivo recuperar la grandeza de España, regenerarla. Dos figuras emergieron
definitivamente en el gobierno de los destinos de la Monarquía española: Zúñiga y su
sobrino Olivares, dos hombres que se necesitaban mútuamente, pues el primero tenía la
experiencia del mundo y el segundo el favor del nuevo rey. En abril de 1.621, Felipe IV
confió la dirección de los asuntos de Estado a Zúñiga, que a su vez iría instruyendo
a su sobrino Olivares en el arte de gobernar, mientras que éste, al tiempo que afianzaba
su posición en Palacio, completaba la educación del joven rey. Esto último era muy
importante, ya que, si se quería romper con la imagen del gobierno decadente e inerte de
su padre Felipe III, optando como modelo por el reinado de su abuelo, era necesario hacer
de Felipe IV un rey trabajador que gobernara personalmente, digno del concepto que se
pretendía que representara: el de "Rey Planeta".
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