En un
primer momento, el enfermo emperador Matías se sintió abrumado por los hechos que se
estaban produciendo en el seno de las posesiones Habsburgo, no atreviéndose a adoptar
medidas drásticas que luego hicieran imposible un compromiso con los rebeldes. En ello
influyeron las ideas de una solución diplomática que le expresaban el moravo Karel
Zerotin, Adam Valdstym o el cardenal Khlesl. No obstante, Oñate pronto consiguió
convencer al emperador de que no había posibilidad de arreglo pacífico y de que lo mejor
era preparar rápidamente una acción armada, antes de que los insurrectos organizaran su
defensa, salvaguardando así Bohemia para el archiduque Fernando. Si había guerra,
Matías necesitaba la ayuda de sus familiares Habsburgo. La solicitó al rey de España y
al archiduque Alberto en cartas fechadas en los primeros días de junio. En principio
solicitaba únicamente ayuda financiera, pero en un informe de 6 de junio Oñate pedía
alrededor de 12.000 soldados de infantería.
El mes de julio del
Consejo de Estado español fue extraordinariamente ajetreado al discutirse la oportunidad
o no de intervenir directamente en los pantanosos asuntos de centroeuropa. Lerma era
partidario de mantenerse a la expectativa, de no involucrar abiertamente a España en un
conflicto que pudiera irse de las manos. En esta ocasión apoyado por Aliaga, deseaba
inhibirse del problema centroeuropeo, pues prefería destinar los recursos y atención de
la Monarquía a intereses que veía más cercanos: los del Mediterráneo. En realidad, la
circunstancia de que hubiera hecho coincidir la fecha de la firma de la Tregua de los Doce
Años con la del decreto de expulsión de los moriscos, se puede considerar como todo un
símbolo de la reordenación de prioridades que a mediados del reinado había intentado
llevar a cabo: cambio de la lucha en el norte ante el protestante por la lucha en el
Mediterráneo ante el peligroso e infiel berberisco. A este esquema respondió no sólo la
expulsión de los moriscos, cuyas conexiones con franceses, berberiscos y otomanos
ayudaron a crear el clima propicio para la misma, sino también el desarrollo de un
conjunto de operaciones anfibias en la costa norteafricana de considerable éxito, como la
toma de Larache (1.610) o La Mámora (1.614). Cuando en 1.618 estalló la rebelión de
Bohemia, el gobierno español se hallaba preparando una gran expedición naval a Argel,
base principal de los piratas berberiscos. Su abandono en favor del apoyo a los Habsburgo
austríacos supuso, ahora, el triunfo de los que consideraban que el futuro de la
Monarquía española se ventilaba en el centro y norte de Europa.
Decididamente, los días
de gloria de Lerma habían pasado, y en aquel momento carecía de la fuerza suficiente
para oponerse a las poderosas presiones en favor de la intervención de Baltasar de
Zúñiga (hombre clave en el Consejo de Estado y su máxima autoridad en materia de
política exterior), el conde de Oñate (sucesor de Zúñiga en el cargo de embajador en
la corte imperial y, por ello, conocedor de primera mano de los hechos acaecidos) y Franz
Christoph Khevenhüller (embajador imperial en Madrid). A mediados de julio, Felipe III ya
había sido convencido de la necesidad de acudir en ayuda de sus primos los Habsburgo
austríacos. Aparte de los genéricos motivos afectivos y de comunión de ideas políticas
y religiosas, como paladines que se consideraban de la amenazada religión católica, los
argumentos inmediatos que se barajaron en favor de la ayuda del rey de España al
archiduque Fernando y al emperador fueron de carácter estratégico: garantizar la
integridad y viabilidad de los corredores militares que unían la base española de Milán
con Bruselas y Viena, es decir, mantener abiertas las vías que comunicaban las distintas
y distantes posesiones de los Habsburgo. Si se perdía definitivamente Bohemia en manos
protestantes, se corría el peligro de que la dignidad imperial no siguiera pasando
generación tras generación a miembros de la católica familia Habsburgo, ya que no
tendrían la oportunidad de voto que, como Elector, era propia del rey de Bohemia, siendo
ésta decisiva en tanto que posibilitaba el rompimiento del virtual empate entre
católicos y protestantes existente en el Colegio electoral. Y era importante para el rey
de España quién era el emperador, pues, como poseedor de algunos
estratégicos territorios dentro del Imperio, era vasallo nominal de éste.
Además, el hecho de que, por el tratado de Graz, España pudiera llegar a tomar posesión
de Alsacia territorio clave del corredor militar entre Milán y los Países
Bajos si el archiduque Fernando llegaba a convertirse en emperador, constituía otro
factor que empujaba a prestar el apoyo. En definitiva, la intervención española se
aprobó en base a la teoría del mantenimiento del gran sistema imperial hispánico
instaurado por Felipe II, que podría verse deteriorado si peligraba la posición de los
Habsburgo austríacos, ya que ello llevaría a poner en peligro las posesiones europeas de
España.
Mientras en Madrid se
debatía sobre la ayuda, Thurn preparaba rápidamente la defensa de Bohemia fortificando
los principales centros del sur y reclutando un pequeño ejército. Al mismo tiempo,
Oñate seguía trabajando en su idea de que era necesaria una confrontación. Para ello,
favoreció la detención del pacifista e influyente cardenal Khlesl (que aconteció el 20
de julio), y decidió no licenciar las tropas acantonadas en el Friuli, sino trasladarlas
más cerca de Viena. Matías, por otro lado, había conseguido que Buquoy, general del
archiduque Alberto en los Países Bajos, aceptara ponerse al mando de las tropas
imperiales. Cuando en agosto llegó a Viena, le esperaban unos 12.000 soldados, que pronto
fueron puestos en marcha para realizar una fracasada incursión en el sur de
Bohemia. Entretanto, el duque de Saboya había escrito a Federico V del Palatinado
ofreciéndole los servicios del regimiento que Ernesto de Mansfeld reclutara para él el
año anterior, con el objeto de que sirviera de apoyo a los rebeldes checos,
comprobándose pronto su utilidad al ocupar la ciudad de Pilsen, que había seguido fiel
al emperador.
Aunque la decisión de
intervenir ya se había adoptado y parte del ejército imperial era pagado con subsidios
españoles, Baltasar de Zúñiga no quería precipitarse con el envío de un contingente
armado que pudiera provocar que una guerra local se transformara en una conflagración
general europea. Antes de mover las fichas en el tablero internacional, había que sondear
la posición de las distintas potencias ante los hechos acaecidos en centroeuropa. Francia
pronto optó por ofrecer su intermediación en unas posibles negociaciones de paz entre el
emperador y los rebeldes. Si bien su propuesta no tuvo éxito, demostró que no tenía
intención, de momento, de apoyar oficialmente la causa antihabsburgo, entre otras cosas
porque en el interior tenía también diversos problemas de carácter político-religioso
con los hugonotes. Respecto a Inglaterra, Jacobo I afirmó a finales de septiembre que no
aprobaba la insurrección bohemia y que intentaría influir en los príncipes protestantes
alemanes, principalmente en su yerno el elector palatino, para que no prestaran su ayuda a
los rebeldes. La República holandesa, por su parte, se hallaba paralizada por la lucha
abierta que se había desatado, después de grandes tensiones y manifiestas posiciones
enfrentadas, entre Oldenbarnevelt y Mauricio de Nassau. Fue esta coyuntura internacional
la que acabó por dar el triunfo a los intervencionistas frente a los transaccionistas,
para alegría de Zúñiga y Oñate que veían en las concesiones una peligrosa pérdida de
reputación y autoridad de los Habsburgo, viéndose favorecidos por la definitiva caída
del duque de Lerma a finales de 1.618 y por la muerte del emperador Matías, que no había
abandonado la posibilidad de llegar a una solución de compromiso, el 20 de marzo de
1.619.
A finales de abril de
1.619 salieron de Luxemburgo 7.000 soldados del ejército de Flandes, 6.000 de ellos de
infantería ¾ entre cuyos oficiales valones se encontraba el joven René Descartes¾ y
1.000 de caballería. Se dirigieron directamente hacia Viena, y en su paso por Alsacia
fueron puestos bajo el mando de Baltasar Marradas. Era el momento clave, pues los rebeldes
habían logrado extender su influencia al resto de países de la Corona de Bohemia, es
decir, a Lusacia, Silesia y Moravia, e incluso a la Alta y Baja Austria. La situación se
hizo crítica cuando, a comienzos de junio, Thurn apareció con un ejército ante las
murallas de Viena antes de la llegada del contingente de Flandes. Sin embargo, el
acercamiento de un destacamento de soldados regulares al mando de Dampierre obligó a
Thurn a retirarse, salvándose así la capital del Imperio. Aunque por esas fechas Buquoy
derrotó a Mansfeld en Záblatí, se hacía evidente la necesidad de nuevas tropas para
dominar con un mínimo de garantías la situación. Por ello, en junio, el Consejo de
Estado español aprobó mandar un segundo ejército, esta vez procedente de Nápoles
(siguiendo la ruta del puerto de Finale, Milán y Tirol), a la zona clave de Alsacia.
En ese momento se
sucedieron una serie de decisiones políticas fundamentales. El 22 de agosto los estados
de Bohemia desposeyeron solemnemente a Fernando y declararon vacante el trono. El 26
decidieron ofrecer la Corona a Federico V del Palatinado. En esas fechas, desconociendo
los últimos sucesos de Praga, los Electores imperiales estaban reunidos en Frankfurt para
elegir nuevo emperador, y el 28 de agosto de 1.619 optaron por el archiduque Fernando (lo
que supuso un triunfo para los intereses de España), que gobernaría bajo el nombre de
Fernando II. Un mes después, el 28 de septiembre, desoyendo las recomendaciones de su
yerno Jacobo I o de la propia asamblea de la Unión Protestante, el joven Federico V
aceptó la Corona de Bohemia, llegando a Praga poco más tarde y siendo allí coronado el
4 de noviembre.
El vuelco político
producido en el seno del Imperio era considerable, requiriendo una actuación contundente
si se pretendía regresar a una supuesta normalidad anterior. Una vez que la familia
Habsburgo logró mantener la dignidad imperial en su poder con la elección de Fernando
II, decidió poner fin de una vez por todas a la rebelión de Bohemia mediante una gran
ofensiva. Como se necesitaba ayuda, a principios de octubre Fernando y el conde de Oñate
llegaron a un acuerdo con Maximiliano de Baviera, que había reorganizado la Liga
Católica de príncipes alemanes, por el que, a cambio de asistencia militar, se le
prometió secretamente la dignidad electoral de Federico y los territorios de éste que
lograra ocupar, además de una indemnización por gastos y el apoyo militar pleno de
España. Al elector de Sajonia, por otro lado, le fue ofrecida Lusacia si no prestaba
apoyo a sus correligionarios, se mantenía fiel al emperador y organizaba un ejército que
la reconquistara a los rebeldes. También se obtuvieron importantes subsidios del Papado.
Concretamente, entre 1.619 y 1.623 destinó a Viena 400.000 escudos, casi 350.000 a Munich
capital de Maximiliano y unos 16.000 a otro aliado de los Habsburgo, el rey de
Polonia. A esto había que añadir la importante ayuda económica y militar de España,
que mantenía dos ejércitos en el Imperio y que estaba dispuesta a utilizar parte del
ejército de Flandes para invadir el Bajo Palatinado si fuera necesario.
Federico, por el
contrario, no contaba con excesivos apoyos reales. Recibía subsidios de las Provincias
Unidas y Venecia (Saboya ya había desertado de la causa), pero de forma tardía y escasa.
Los miembros de la Unión Protestante no apoyaron mayoritariamente la decisión del
elector palatino de aceptar la Corona bohemia, y su postura prudente y expectante de poca
ayuda servía a los rebeldes. El único aliado que se implicó en el conflicto de forma
substancial fue el príncipe de Transilvania, Bethlen Gabor, que en agosto de 1.619 había
iniciado la conquista de la Hungría habsburguesa, unido sus fuerzas con las del conde de
Thurn y finalmente puesto sitio a Viena por segunda vez. No obstante, la posibilidad de
tomar la capital imperial volvió a desvanecerse cuando, a finales de noviembre, Bethlen
Gabor recibió la noticia de que un ejército enviado por el católico Segismundo III de
Polonia había penetrado en la Alta Hungría interrumpiendo sus comunicaciones con la base
transilvana. Bethlen no dudó entonces en levantar el asedio, regresar a sus posesiones y
aceptar, en enero de 1.620, una tregua temporal propuesta por el emperador. Por su parte,
Jacobo I de Inglaterra deseaba seguir manteniendo buenas relaciones con España, pese a
que la opinión pública, favorable a la causa de los rebeldes checos, provocó el envío
de colectas recaudadas de forma privada. Luis XIII, a su vez, veía la rebelión como un
peligroso ejemplo para los hugonotes franceses, por lo que consideraba mejor no aprobarla.
Además, envió al duque de Angulema a una misión muy especial: persuadir a la Unión
Protestante de príncipes alemanes para que no apoyara a su líder natural, Federico. La
misión, concluida en el tratado de Ulm de 3 de julio de 1.620, fue un éxito y consiguió
el objetivo de evitar que el conflicto bohemio se transformara en una guerra civil alemana
que enfrentara a la Liga Católica y a la Unión Protestante. Esto benefició a los
Habsburgo, pues una buena parte de las tropas de Maximiliano quedaron libres para
dirigirse a Bohemia al no existir el temor de una intervención protestante contra
Baviera.
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