La
vacilante actuación del gobierno de Madrid contrastaba con la decisión con la que
maniobraban sus representantes alejados de las fronteras ibéricas. Esta actitud resuelta
y vigorosa que en ocasiones requería ignorar instrucciones demasiado
conciliadoras evidenciaba un hecho fundamental que se estaba produciendo: la nueva
generación de imperialistas españoles, admiradora de los métodos de Felipe II, estaba
conquistando la primacía en el horizonte político, al tiempo que horadaba la cada vez
más endeble autoridad del régimen de Lerma. En efecto, un creciente grupo de hombres,
entre los que destacaban aquellos que, como los embajadores o virreyes, se hallaban en
permanente contacto con la realidad exterior, se sentía humillado ante la política
pacifista y moderada implantada por Felipe III y su valido, ya que creía que minaba la
reputación y prestigio de la Corona y con ello su seguridad. Esta beligerante
generación incluía nombres como Osuna, Villafranca, el marqués de Bédmar (en ese
momento embajador de España en Venecia), Zúñiga u Oñate, que a lo largo de 1.617 se
mostraron plenamente comprometidos con Fernando de Estiria. En todo caso, el desarrollo
simultáneo de los acuerdos sobre la sucesión imperial determinó que el archiduque fuera
perdiendo progresivamente interés por la guerra de la frontera austríaco-veneciana, lo
que, unido a la presión diplomática y militar española sobre la República, hizo que
ésta y Fernando firmaran la paz de Wiener Neustadt en febrero de 1.618, por la cual
Venecia obtuvo del Habsburgo garantías de no protección a los piratas uscoques, al
tiempo que un regimiento español quedaba acantonado en Friuli asegurando el cumplimiento
del contenido de la misma.
Nuevamente se había
evitado por muy poco un conflicto general en Europa, aunque para España la tensión en el
norte de Italia tuvo todavía un oscuro apéndice: la llamada "conjuración de
Venecia". Sobre la misma, hoy se tiene como cierto que los senadores de la
República, aprovechando el descontento de un gran número de mercenarios holandeses y
franceses llegados al calor de la reciente guerra por el atraso de sus pagas,
orquestaron una campaña de incriminación del embajador español en Venecia, Bédmar, y
del virrey de Nápoles, Osuna, como presuntos organizadores de un complot para derrocarla.
Estos dos personajes, cuyo sentido de la responsabilidad no coincidía con la mesura mal
entendida de la corte madrileña, se mostraban como enemigos irreconciliables de Venecia,
pues "siempre ha tratado de dañar y debilitar el buen nombre de España",
por lo que la República consideraba imprescindible para su seguridad la salida de los
mismos del ámbito italiano. La propagación de la noticia de la supuesta conjuración
favoreció sus objetivos: se libraron de los mercenarios inquietos, Bédmar fue trasladado
a la corte de Bruselas y Osuna, obligado a retirar su amenazante escuadra de Brindisi,
acabó siendo destituido, acusado de pretender proclamarse rey de Nápoles y encarcelado.
Todos estos hechos
sucintamente narrados consiguieron perturbar la "pax hispanica", pero no fueron
más que limitados conflictos internacionales que no pasaron a mayores. Sin embargo,
podían hacer prever la inmensa tormenta que se cernía sobre Europa y que se estaba
fraguando en su centro, lugar donde convergían las evidentes tensiones entre católicos y
protestantes, entre partidarios y enemigos de los Habsburgo. Y esas tensiones provocaron,
con la insurrección de Bohemia en 1.618, el inicio de una confrontación abierta, de
carácter político y religioso, que habría de durar 30 años y que, de estar localizada
en sus comienzos, desbordó finalmente el ámbito europeo.
El epicentro del
terremoto que constituyó la Guerra de los Treinta Años se encontraba en centroeuropa,
concretamente en los límites del Sacro Imperio Romano-Germánico, cuyo titular, el
emperador, venía siendo elegido desde 1.438 de entre los miembros de la familia
Habsburgo. Los Habsburgo austríacos obtenían su poder de sus dominios personales (que
comprendían la Austria Exterior, Interior, Alta y Baja, gobernadas respectivamente desde
Innsbruck, Graz, Linz y Viena), de sus dominios electivos (que a partir de 1.526 incluían
por una parte Bohemia, Moravia, Lusacia y Silesia, y por otra una pequeña parte de
Hungría, la que no estaba en poder de los turcos) y, finalmente, de la dignidad imperial
(que proporcionaba más autoridad moral que poder real). El Imperio comprendía, además
de los territorios de los Habsburgo austríacos excepto Hungría, Alemania,
gran parte del norte de Italia, teóricamente los cantones suizos, los Países Bajos,
Lorena y el Franco-Condado. Estaba dividido en multitud de pequeños Estados, soberanos de
hecho, que constituían tres Colegios. El primero, encargado de elegir al futuro
emperador, lo formaban los siete Electores (los tres príncipes-arzobispos de Tréveris,
Maguncia y Colonia, el rey de Bohemia, el conde del Palatinado, el duque de Sajonia y el
margrave de Brandemburgo). El segundo agrupaba unos 300 principados laicos y
eclesiásticos (como el ducado de Baviera o el obispado de Lieja). El tercero, por
último, comprendía unas 50 ciudades libres, algunas tan importantes como Hamburgo o
Augsburgo. El emperador tenía la facultad de convocar la llamada "Dieta", que
se formaba por representantes de los tres Colegios, la cual, aunque poseía facultades
para tomar decisiones relativas al conjunto del Imperio, tenía poca importancia práctica
debido a la dificultad de llegar a cualquier acuerdo.
Los problemas latentes no
quedaron resueltos cuando, tras la muerte del emperador Rodolfo II, fue elegido para
sucederle su hermano Matías en 1.612. Éste no tenía heredero directo, debido a lo cual
se hacía necesario buscar el candidato adecuado que, en su momento, pudiera sustituirle
en las Coronas de Austria, Bohemia y Hungría y en la dignidad imperial. Aunque el mejor
derecho parecía tenerlo Felipe III, que era nieto del emperador Maximiliano II,
finalmente se decidió dentro de la familia Habsburgo prestar todo el apoyo al joven
archiduque Fernando de Estiria, que era hijo de un hermano de Maximiliano. De este modo,
el problema sucesorio se resolvió mediante un acuerdo secreto, negociado entre Oñate y
el propio Fernando y fechado el 20 de marzo de 1.617, en el que el archiduque cedía, si
llegaba a ser proclamado emperador, Alsacia, Finale Liguria y Piombino a España y
reconocía la preferencia de un sucesor masculino de Felipe III sobre cualquier
descendiente suyo femenino, todo ello a cambio de la renuncia del monarca español a sus
relevantes derechos sucesorios y a la dignidad imperial. Ese acuerdo, conocido como
tratado de Graz, fue ratificado oficialmente, una vez elegido Fernando rey de Bohemia y
reconocido como sucesor eventual del enfermo emperador Matías, el 29 de julio de 1.617.
Sin embargo, doce meses después de la elección y reconocimiento de Fernando, se
encendió la mecha que iba a provocar el estallido de la Guerra de los Treinta Años con
los sucesos conocidos como "la defenestración de Praga", en la que dos
funcionarios de la Cancillería del Reino de Bohemia fueron arrojados por una ventana del
palacio de Hradcany el 23 de mayo de 1.618. ¿Qué motivos habían dado lugar a tan
extraño incidente?
El recientemente elegido
rey de Bohemia era un católico intransigente, antiguo alumno de la Universidad de
Ingolstad regida por los jesuitas, que ya veinte años antes había mostrado
su celo por la religión romana como soberano de Estiria. Estos antecedentes hacían
prever que más tarde o más temprano iban a surgir problemas en los países de la Corona
de Bohemia, donde la confusión religiosa era enorme: frente a una minoría católica,
había utraquistas, hermanos moravos, luteranos y calvinistas. Desde 1.609 existía un
estatuto religioso llamado "Carta de Majestad", otorgado por Rodolfo II a
Bohemia y después a Moravia y Silesia en un momento en que ciertos enfrentamientos con su
hermano Matías le hicieron buscar aliados y fidelidades, por el que se establecía la
libertad de conciencia y una amplia libertad de cultos, con la condición de que las
confesiones no católicas se entendieran en una sola iglesia protestante y de que ésta
formara un consejo de diez personas los "defensores de la fe" que,
en caso de necesidad, se encargara de negociar con los católicos. En un gesto de
tolerancia, en 1.617 el nuevo rey Fernando reconoció la validez y vigencia de la Carta de
Majestad, pero pronto iban a surgir discrepancias en la interpretación de alguna de sus
cláusulas. Concretamente, el gobierno ordenó la destrucción de los recién construidos
templos protestantes de Hroby y Broumov debido a que estas ciudades pertenecían a
prelados católicos (que, al parecer, no estaban vinculados por las concesiones de la
Carta). Además, de modo desafiante, estableció una censura sobre la literatura impresa,
prohibió la utilización de fondos católicos para pagar a los ministros protestantes y
se negó a admitir a no católicos en cargos públicos. Algunos miembros de los
"defensores de la fe", dirigidos por el conde de Thurn, decidieron aprovechar
estos incidentes para provocar la ruptura con los Habsburgo y así proteger sus
según ellos amenazadas libertades religiosas y políticas, y para ello se
dirigieron al mencionado palacio de Hradcany y defenestraron a dos funcionarios reales
católicos y proespañoles, Martinic y Slavata, como evidente símbolo de una
insurrección que en pocas semanas se extendió a las principales ciudades bohemias.
Los rebeldes habían
elegido un buen momento para provocar el levantamiento inicial de Praga. La ciudad se
encontraba falta de grandes autoridades ya que, cuando se produjo la defenestración,
Fernando y el canciller Lobkovic se encontraban en Hungría, Matías había pasado el
invierno y la primavera en Viena y en esta última ciudad también se encontraba el
influyente conde de Oñate. Por otra parte, los rebeldes protestantes checos no estaban
solos. Al contrario, llevaban años manteniendo contactos con sus correligionarios del
resto de Europa, en especial con Bethlen Gabor, príncipe calvinista de Transilvania y
vasallo del sultán otomano, y con Federico V del Palatinado y su ambicioso ministro
Cristian de Anhalt. A su vez, el elector palatino, cuya capital, Heidelberg, se había
erigido en el centro de ebullición del inconformismo político-religioso del Imperio,
estaba perfectamente relacionado: acababa de llegar a un acuerdo con los hugonotes
franceses y era sobrino del holandés Mauricio de Nassau y yerno de Jacobo I de
Inglaterra.
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