El
brevísimo análisis expuesto de los intereses antagónicos existentes en Europa evidencia
que la momentánea calma conseguida en 1.609 no podría durar mucho. Algunos pequeños
conflictos estuvieron a punto incluso de provocar una confrontación global. Así ocurrió
con la crisis sucesoria abierta tras la muerte sin hijos del católico y proespañol Juan
Guillermo, duque de Cleves-Juliers y Berg y conde de Ravensburgo y Mark, el 25 de mayo de
1.609. Los dos pretendientes principales, el elector Juan Segismundo de Brandemburgo y el
hijo del conde de Neoburgo, Wolfgang Guillermo, ambos luteranos, enviaron sin demora
representantes a la sede de los territorios en litigio Düsseldorf para
reclamar la posesión de los mismos, pero la duquesa viuda, apoyada por el Parlamento de
Juliers, cuya circunscripción era abiertamente católica, rechazó sus pretensiones. Por
su parte, el emperador Rodolfo II ordenó que los candidatos comparecieran ante él para
resolver la disputa sucesoria y que mientras tanto actuase la duquesa como regente. Ni el
de Brandemburgo ni el de Neoburgo confiaban en la imparcialidad del emperador, por lo que
solicitaron el arbitraje de una figura independiente y gobernar conjuntamente en el
ínterin la herencia territorial. Rodolfo rechazó de forma rotunda tal acuerdo y envió
al archiduque Leopoldo con algunas tropas para que asistiera, en tanto administrador
imperial, a la duquesa, autorizándole a solicitar ayuda militar de los cercanos Países
Bajos españoles si fuese necesario.
Ante esta situación, los
dos aspirantes optaron por movilizar rápidamente la ayuda de la Unión Protestante, de
las Provincias Unidas y, por su puesto, de Enrique IV de Francia, deseoso siempre de
generar dificultades a los Habsburgo. La repuesta de la República holandesa fue
cautelosa, pues no quería poner en peligro la Tregua de los Doce Años, pero Francia se
mostró mucho más interesada en la idea de intervenir directamente en la cuestión de
Cleves-Juliers. La posibilidad de satisfacer sus compromisos con los aliados protestantes,
de conservar su influencia en Alemania o de aprovechar aquella espléndida oportunidad de
un conflicto de desgaste contra sus eternos rivales Habsburgo, sostenido desde París,
pero ejecutado, en parte, a través de terceros, era una tentación demasiado grande como
para resistirse a ella. Por ello, Enrique IV decidió iniciar el levantamiento y
equipación de un ejército de unos 30.000 infantes y 4.000 caballos que había de quedar
preparado para una inminente campaña cuyo primer objetivo era salvar a Cleves-Juliers de
caer bajo el control de Viena o Madrid.
Durante los primeros
meses de 1.610 pendió sobre Alemania el peligro de un choque inmediato entre católicos y
protestantes, que la política de alianzas hubiera rápidamente internacionalizado. Sin
embargo, el conflicto a gran escala no llegó a estallar. Por un lado, en el transcurso de
1.610 murieron Federico IV del Palatinado ¾ líder de la Unión Protestante¾ y Enrique
IV de Francia, este último asesinado por Ravaillac, un fanático dominado por las
teorías de los tiranicidas que creyó eliminar de esta forma a un enemigo de la religión
católica que se aprestaba a ayudar a los protestantes alemanes, dejando ambos como
sucesores a menores de edad y una cierta situación de inestabilidad propia de toda
regencia. Además, al tiempo que las maniobras francesas más ambiciosas quedaban
interrumpidas, España decidía no poner en peligro la tregua firmada con los holandeses
interviniendo en los asuntos alemanes. Todo ello hizo que las operaciones militares se
limitaran a un corto asedio de Juliers, llevado a cabo por tropas francesas, holandesas,
inglesas y de la Unión Protestante, que acabó cayendo en septiembre a pesar de la
defensa organizada por el archiduque Leopoldo. La crisis sucesoria de Cleves-Juliers fue
cerrada mediante un acuerdo provisional, que instalaba a los dos pretendientes luteranos
de forma copartícipe sobre los territorios heredados, desfavorable a los Habsburgo, pero
evitador de conflictos mayores.
No obstante, las
rivalidades existentes dentro del Sacro Imperio y el deterioro de las relaciones entre
Brandemburgo y Neoburgo hicieron estallar una nueva crisis en Cleves-Juliers a principios
de 1.614. Wolfgang Guillermo, que acababa de convertirse al catolicismo e iba a casarse
con la hermana de Maximiliano de Baviera como forma de proteger sus pretensiones,
desconfiaba del elector de Brandemburgo, que se había convertido al calvinismo, y de sus
correligionarios holandeses y palatinos. Estaba convencido de que organizaban una
conspiración para hacerse con el control de todos los territorios en disputa, por lo que
decidió solicitar ayuda a la Monarquía española. En Madrid y Bruselas se mostraron
encantados de que una de las partes litigantes hubiera pedido su intervención en una zona
de importancia geoestratégica tan vital como era Cleves-Juliers en tanto conjunto
de Estados tapones situados entre los Países Bajos y los principados protestantes de
Alemania, que también formaban un pequeño entrante que separaba algunos territorios
pertenecientes a la parte meridional y septentrional de aquéllos, precisamente en
un momento en que ni Inglaterra ni Francia estaban dispuestas a llevar a cabo un
enturbiador despliegue militar. La primera, porque su rey, Jacobo I, y algunos de sus
nuevos ministros mostraban una indudable inclinación filoespañola que llevó por esos
años al inicio de conversaciones para casar al heredero de aquél con una infanta de
España. Además, el nuevo embajador de Felipe III en Londres, don Diego Sarmiento de
Acuña, futuro conde de Gondomar, se afirmó como una de las personalidades más
respetadas e influyentes que pululaban por la corte inglesa. Por su parte, la política
exterior de la segunda se hallaba ahora controlada por la regente, María de Médicis, que
era abiertamente prohabsburgo y no estaba dispuesta a poner en peligro el reciente acuerdo
matrimonial que habría de unir a los herederos de las Coronas francesa y española con
una hermana del otro.
En el mes de agosto de
1.614, 15.000 soldados del ejército de Flandes penetraron en los ducados de
Cleves-Juliers para asegurar el control de Neoburgo sobre el mayor número de ciudades de
los mismos. Las Provincias Unidas se mostraron reticentes a acudir en ayuda del
pretendiente de Brandemburgo, pero la toma española del importante paso del Rin en Wesel
les decidió a movilizarse. Sin embargo, ninguno de los dos bandos quería la guerra y
Spínola resumió el pensamiento de todos al alegar que "la Tregua no debe ser
quebrantada por causa de Juliers": había de llegarse a un acuerdo para que la
"paz hispanica" siguiera en pie. Rápidamente se firmó un alto el fuego en
Xanten que el buen hacer diplomático convirtió en tratado en el mes de noviembre. Por
él, y en tanto no se llegara a una solución definitiva, el gobierno de los territorios
disputados quedaba dividido, correspondiendo a Brandemburgo Cleves y Mark, y a Neoburgo,
Juliers y Berg. La evacuación de la fuerza militar española y holandesa de la zona fue
más difícil de concretar, de tal forma que una parte de las tropas de la primera no
llegó a abandonar el enclave de Wesel, mientras que la segunda no renunció al control de
la ciudad de Juliers.
Otro foco de agitación
estalló por entonces en el norte de Italia, iniciándose la nueva crisis en torno a la
llamada "cuestión del Monferrato". En 1.612 había muerto el duque Francisco II
de Mantua, cuyos dominios incluían el pequeño marquesado del Monferrato que se
hallaba estratégicamente situado al norte de la República de Génova, entre Saboya y el
Milanesado. Como por ley estaba vedada la sucesión femenina al ducado de Mantua y
el finado únicamente tenía una hija (nieta a su vez de Carlos Manuel de Saboya), fue
llamado a la sucesión el cardenal Fernando Gonzaga, hermano del difunto. Pero el
Monferrato no conocía tales restricciones, por lo que la hija de Francisco y el ambicioso
Carlos Manuel reclamaron el dominio de tal territorio. Fernando solicitó el amparo del
emperador, en tanto soberano titular de Mantua y Monferrato, y de España, en tanto
reconocido árbitro de Italia, mas el de Saboya se arriesgó a dar un golpe de mano
invadiendo y ocupando el Monferrato en abril de 1.613. Tras diversos intentos fallidos de
solución negociada, el prestigio de la Monarquía española exigía poner a Carlos Manuel
en su sitio mediante una demostración de fuerza. El brazo armado de Felipe III en la zona
del conflicto era el gobernador de Milán en ese momento, el marqués de
Hinojosa, que a mediados de 1.614 inició unas acciones militares que concluyeron
precipitadamente un año después con la paz de Asti. Los términos de la misma hicieron
restaurar el status quo ante bellum, pero, dada la dura lección que la
desproporción de fuerza posibilitaba, fueron considerados deshonrosos por la línea dura
que se oponía al enfoque contemporizador dado por Lerma a la política internacional. La
pujante facción reputacionista consideraba la moderación exterior muy peligrosa, pues
podía crear la impresión de debilidad, y si un príncipe italiano osaba desafiar al
monarca más poderoso del mundo, debía ser aplastado.
Parece que en esta
ocasión no se equivocaron quienes abogaban por acciones más contundentes, ya que el
duque de Saboya pronto volvió a crear problemas alentado por la promesa de apoyo de la
República de Venecia para el caso de que invadiera nuevamente el Monferrato. Como, desde
finales de 1.615, aquélla se hallaba en guerra con el archiduque Fernando de Estiria a
causa de los actos de piratería de los refugiados balcánicos cristianos de la costa de
Dalmacia los uscoques patrocinados por los Habsburgo, pretendió provocar que
el ejército español de Milán estuviera comprometido en el lado occidental de la
Península Itálica, y lo consiguió cuando Carlos Manuel invadió el Monferrato en
septiembre de 1.616 por segunda vez. La ayuda veneciana no fue la única, pues el
ejército de Saboya se vio reforzado por 4.000 protestantes alemanes, reclutados con el
consentimiento de los líderes de la Unión por el conde de Mansfeld, y por unos 10.000
voluntarios franceses al mando del mariscal Lesdiguières. A pesar de ello, el nuevo y
enérgico gobernador de Milán, don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, dirigió
eficaz y victoriosamente la campaña militar, cuyo momento decisivo fue la toma de
Vercelli a finales de julio de 1.617, logrando imponer a Carlos Manuel tres meses más
tarde, con la mediación papal, la paz de Pavía.
Los holandeses no
llegaron a intervenir en apoyo del duque de Saboya. Fue una suerte, pues el Consejo de
Estado español estaba plenamente decidido a reiniciar la guerra contra las Provincias
Unidas si tal hecho sucediese. En cambio, sí enviaron refuerzos a Venecia. A lo largo de
1.617, más de 4.000 soldados holandeses, junto con algunos voluntarios ingleses,
desembarcaron en el suelo de la pequeña República italiana dispuestos a ayudarla en su
enfrentamiento con Fernando de Estiria, al tiempo que una flotilla formada por doce barcos
holandeses y diez ingleses navegaba por el Adriático para impedir que la fuerza naval
española de Nápoles pudiera socorrer al archiduque. El socorro, empero, llegaba, ya que
el resuelto duque de Osuna, don Pedro Téllez Girón virrey de Nápoles,
llevó a cabo una serie de brillantes campañas navales, en desafío al pretendido
"dominio adriático" sustentado por Venecia, logrando de ésta magníficas
presas en "su" mar, y todo ello sin que llegase a producirse una ruptura oficial
entre aquélla y el Rey Católico. También Baltasar de Zúñiga, embajador español ante
la corte imperial, apoyaba financieramente al archiduque, y la misma política siguió su
sucesor en el cargo, don Íñigo Vélez de Guevara y Tasis, conde de Oñate, cuando en
febrero de 1.617 llegó a Praga.
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