Las
negociaciones fueron intensas y complicadas, intentando cada parte imponer condiciones
políticas, religiosas y económicas inaceptables para la otra, pero al final fue España
quien hubo de hacer mayores concesiones para llegar a un acuerdo: reconoció a los Países
Bajos septentrionales como si fueran una potencia soberana, no logró obtener mayor
tolerancia hacia la minoría católica holandesa, tampoco consiguió abrir el bloqueado
río Escalda al tráfico mercantil, eliminó las barreras creadas al comercio neerlandés
con sus territorios europeos... El obstáculo más difícil de salvar, y que a punto
estuvo de impedir que la negociación llegara a buen fin, fue el asunto de la libertad de
navegación con las Indias orientales y occidentales. Los holandeses habían logrado
romper el teórico monopolio comercial portugués y español con sus colonias, zarpando
hacia las mismas una media anual de más de 200 barcos, y no estaban dispuestos a
abandonar sus importantes inversiones en tal comercio ultraoceánico. Oldenbarnevelt
propuso como solución coyuntural la misma por la que se había optado en 1.604 al
firmarse el tratado de paz hispano-británico: no mencionar las aguas marítimas
extraeuropeas, sobre la débil base temporal de mutua conservación de las posesiones que
cada parte tuviera en las Indias orientales y occidentales, que hacía presagiar la
continuación de las hostilidades allí sin grandes impedimentos. Sin embargo, existía el
reconocimiento tácito general de que ese acuerdo limitado se rompería si las Provincias
Unidas llevaban a cabo un ataque contra América de magnitud comparable al realizado en el
sudeste de Asia, donde el éxito conseguido por la Compañía Neerlandesa de las Indias
Orientales fue imparable. Un escritor holandés perspicaz escribió que el rey de España
consideraba el Asia portuguesa "como su concubina, a la que puede abandonar si es
necesario, pero no le importa el coste de mantener América, a la que considera su esposa
legítima, de la que se siente extraordinariamente orgulloso y que está dispuesto a
mantener inviolable". Aunque un sector de la opinión pública de los Países
Bajos del norte deseaba asumir mayores riesgos que los derivados del simple comercio de
contrabando con tierras americanas en especial con Brasil, donde al final de la
tregua llegaron a dominar al menos la mitad del tráfico de mercancías entre esa colonia
y Europa, el partido favorable a la paz en ningún momento estuvo dispuesto a
ponerla en peligro mediante la fundación de una Compañía de las Indias Occidentales o
la organización de un ataque anexionador a gran escala contra América.
La tregua de Amberes
significó para España poco más que un humillante respiro en espera de tiempos mejores
el calibre de las concesiones solamente podía tener un carácter provisional,
mientras que para los holandeses constituyó un resonante éxito. Por un lado, el hecho de
que la Corona española reconociera la personalidad internacional de las Provincias Unidas
mejoró indudablemente su posición exterior ante el resto de monarquías o repúblicas.
Sucesivamente, los Países Bajos septentrionales fueron formalizando alianzas y relaciones
diplomáticas que en algunos casos incluyeron el intercambio de embajadores
regulares con Francia, Inglaterra, Dinamarca, Suecia, la República de Venecia, la
Liga Hanseática, Marruecos, el Imperio Otomano, Argelia, Túnez, Transilvania o Moscú,
todos ellos actuales o potenciales enemigos de los Habsburgo. Por otro lado, la
momentánea paz les permitió concentrar todos sus esfuerzos en continuar y aumentar sus
provechosas actividades comerciales ultramarinas. Así, en 1.609 llegó la primera misión
comercial holandesa a Japón, iniciando en seguida una campaña de desacreditación y
destrucción del poder ibérico allí instalado que durante sesenta años había sostenido
el comercio con los nipones; en 1.612 erigieron un fuerte en África occidental, en Moree,
con objeto de proteger el lucrativo tráfico naval de oro en el Golfo de Guinea; un año
después reforzaron el emplazamiento de Pulicat, desde donde se hicieron pronto con el
control del comercio de la costa suroriental india; aparecieron comerciando en la costa
este norteamericana y en 1.614 fundaron, en el actual Estado de Nueva York, el Fuerte
Orange; se dejaron ver por Sudamérica, fundando y desarrollando pequeños asentamientos
alrededor de las desembocaduras del Amazonas y el Orinoco, abriendo contactos políticos y
comerciales con los belicosos indios Araucanos de Chile que eran hostiles a los
españoles o atacando los poco defendidos puertos españoles de la costa del
Pacífico mediante una misión como la llevada a cabo por Joris van Spilsbergen; no
cejaron en la pugna por Indonesia y las Molucas; y, como hecho más importante, en 1.619
tomaron Yakarta bautizada como Batavia, que se convertiría en la verdadera
punta de lanza del comercio neerlandés en el Extremo Oriente.
La Tregua de los Doce
Años en la guerra de los Países Bajos trajo consigo un periodo de relativa paz para
Europa, únicamente salpicado por puntuales y localizados conflictos, que duraría nueve
años y que se conocería con el nombre de "pax hispanica". Las ideas de
repliegue y pacificadoras de Felipe III y el duque de Lerma habían ido poniendo fin a los
distintos conflictos en los que España estaba implicada, de tal forma que en el año
1.609 Europa gozó, por fin, de una aparente calma. Desde esta fecha hasta el inicio de la
Guerra de los Treinta Años, la Monarquía española siguió manteniendo su primacía
político-militar mundial, pero no por la fuerza de las armas sino por la ingente labor
diplomática que desarrollaron personalidades tan destacadas como el conde de Gondomar (en
Londres), el marqués de Bédmar (en Venecia y París) o Baltasar de Zúñiga y el conde
de Oñate (en Praga y Viena, consecutivas sedes de la corte imperial). Fueron hombres como
estos los que lograron mantener en lo más alto el prestigio y la influencia internacional
de España, llegándose a poner de moda, desde Londres a Viena, la cultura, lengua o modo
de vestir hispánico. Es más, el avance religioso de la Contrarreforma, impulsado por la
enorme labor de los jesuitas, parecía constituir una dimensión adicional del avance del
sistema español en Europa.
Sin embargo, el periodo
de "pax hispanica" no podía ser más que el momento de calma al que sigue la
tempestad. En efecto, existían una serie de fuerzas opuestas que antes o después
tendrían que chocar. En primer lugar, la preponderancia indiscutible que había mantenido
la casa de Habsburgo cuya cabeza era España durante la mayor parte del siglo
XVI se empezaba a ver contestada por una potencia renaciente, Francia, que estaba poniendo
fin a las guerras religiosas que la asolaron años atrás. En segundo lugar, los
conflictos religiosos generados por la Reforma protestante en la primera mitad del siglo
XVI no se habían conseguido resolver todavía a principios del XVII. En este último
periodo, la unidad de la fe existía bajo forma católica en las posesiones de la
Monarquía española y en los Estados italianos, en forma luterana en Suecia y Dinamarca y
en forma calvinista en las Provincias Unidas. En cambio, en Inglaterra no existía esa
unidad, ya que, junto a la religión oficial, el anglicanismo, existían importantes
grupos de católicos y puritanos protestantes; en Francia tampoco, puesto que, aunque era
oficialmente católica, los hugonotes tenían una importante fuerza y estaban bien
organizados. Por último, la situación en el Sacro Imperio Romano-Germánico era aún
más complicada: pese a que la paz de Augsburgo de 1.555 puso fin a la guerra entre
príncipes católicos y luteranos, concediendo a unos y a otros la libertad de elegir su
religión e imponerla a sus súbditos ("cuius regio, eius religio"), se
producían situaciones tensas cuando un príncipe eclesiástico arzobispo, obispo o
abad se convertía al luteranismo y provocaba con ello la
"protestantización" de todo el territorio, debido a que, aunque tal medida
estaba expresamente prohibida en la paz por la norma conocida como reservatum
ecclesiasticum, los protestantes presentes en Augsburgo nunca llegaron a aceptar
tal excepción a la normativa general. Las difíciles relaciones confesionales ocasionaron
el estallido de conflictos de importancia en Colonia o Donauwörth, de tal forma que en
1.608, como medida de autoprotección, algunos príncipes fundaron la Unión Protestante,
encabezada por el elector palatino Federico IV, calvinista, pero a la que
significativamente no se unió el más poderoso de los príncipes protestantes alemanes,
el luterano elector de Sajonia. En 1.609, como reacción, se fundó la Liga Católica de
príncipes alemanes, encabezada por el duque de Baviera. Los primeros obtuvieron el apoyo
de Francia, las Provincias Unidas e Inglaterra; los segundos, de los Habsburgo españoles
y austríacos.
Resultaba evidente que la
"pax hispanica" era una débil estructura que se superponía a poderosas y
opuestas fuerzas que en cualquier momento podían hacerla estallar. Por una parte,
chocaban frontalmente Francia y España en su lucha por la supremacía política europea.
Por otra, chocaban los católicos y los protestantes luteranos y calvinistas
en su lucha por la supremacía religiosa. Como la Corona española asumía como propia la
responsabilidad de la defensa de la verdadera fe la católica, sólo estaba
dispuesta a dar y recibir apoyo de gobernantes católicos, al menos desde un punto de
vista formal y como línea general a seguir en materia internacional. En cambio, Francia,
que aunque oficialmente católica siempre basó su política exterior en frenar el poder
de los Habsburgo, pretendía aglutinar a su alrededor a todos los enemigos de España, ya
fueran luteranos, calvinistas, musulmanes e, incluso, católicos como era el caso de
Venecia o Saboya.
La existencia de estas
dos manifiestas posiciones enfrentadas hizo que el periodo de "pax hispanica"
estuviera siempre en el filo de la navaja. En realidad, su mantenimiento dependía en gran
parte de la pasividad o complicidad de Francia hacia la misma, cosa que no estaba
asegurada mientras fuera su rey el ambicioso Enrique IV. La chispa de una nueva
conflagración podía surgir en cualquier momento, constituyendo diferentes zonas de
Europa un potencial teatro de operaciones de los conflictos entre España y Francia. Así,
toda la frontera oriental de esta última tenía un valor estratégico fundamental, ya que
era por allí por donde España enviaba a los Países Bajos leales y al ejército que los
defendía las provisiones y hombres de refresco que necesitaban, partiendo desde el
Milanesado, cruzando el Tirol y Alsacia y, finalmente, atravesando Lorena como última
etapa del camino. Esta ruta era el cordón umbilical que permitía a la Corona española
mantener la guerra en el norte de Europa, y gran parte de su política exterior se basó
en intentar asegurar su existencia o buscar corredores alternativos, bien por la fuerza de
las armas o bien por vía diplomática. Italia era otra zona tradicionalmente conflictiva.
Desde las victorias de Fernando el Católico y Carlos V había vivido bajo influencia
hispánica, reforzada por el hecho de que pertenecían al Rey Católico Nápoles, Sicilia,
Cerdeña y el importante ducado de Milán, fundamental plaza de armas y encrucijada de
caminos de Europa. Desde este último punto territorial, las posesiones de España y las
de sus primos los Habsburgo austríacos estaban en comunicación simplemente cruzando un
pequeño valle enclavado en el territorio de los Grisones, posibilidad que era muy
importante debido a que el mantenimiento de estrechas relaciones entre Viena y Madrid se
había convertido en una de las piedras angulares de la política internacional de la
Monarquía española, apoyada en generaciones de matrimonios dinásticos y por una gran
semejanza en los objetivos políticos y religiosos (basados en la defensa de la iglesia y
el sostenimiento de la fe). Aunque la rama austríaca de la familia era la segundona, la
posesión del título imperial la confería una importante autoridad. En todo caso, los
Habsburgo ibéricos daban por supuesta su superioridad frente al emperador, basada en la
tenencia de más extensas posesiones territoriales y unos recursos mucho mayores. Pero se
necesitaban mutuamente. Sólo unidos, creían, se podía tener garantizado el título
imperial en manos de la Casa de Habsburgo, conseguir los ideales político-religiosos que
representaban, o, a nivel particular de España, asegurar ésta ciertas posesiones que,
aunque suyas, se encontraban dentro de los límites del Sacro Imperio, como era el caso de
Milán o Borgoña, de las que el rey de España era exclusivamente duque y por ello
vasallo nominal del emperador.
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