Es
evidente que la infancia y adolescencia del futuro rey Felipe IV estuvo rodeada de
constantes intrigas cortesanas que tenían como fin mantener o adquirir cierto poder e
influencia. El Alcázar de Madrid, como centro administrativo del imperio, era el lugar
ideal para realizar esos oscuros y cautelosos manejos. Pero también era el hogar de la
familia real. Los aposentos privados del monarca se encontraban en la planta superior del
lado occidental, mientras que los de la reina ocupaban el ala oriental, y en ellos el
joven príncipe Felipe pasó largas horas jugando con sus hermanos o estudiando.
Desde muy pronto se
cuidó en extremo su educación nombrando maestros y tutores que le inculcaran no sólo
los conocimientos fundamentales para que fuera un buen gobernante, sino las ideas y moral
que deberían presidir sus decisiones futuras. Inteligente y buen estudiante, sus
conocimientos fueron abarcando la geografía, la historia por la que sentía
verdadera pasión, teología, derecho, idiomas, música... Siempre le atrajo el
arte, el teatro y la poesía, no simplemente desde un punto de vista pasivo, gozándolo y
criticándolo en tertulias organizadas, sino también activo, ya que le seducía pintar y
escribir. Una formación más práctica en los deberes rutinarios de la administración y
la etiqueta probablemente comenzó en 1.619, cuando alcanzó oficialmente la mayoría de
edad, aunque es obvio que hubo de continuar después de convertirse en rey tras la muerte
de su padre en 1.621, pues la inexperiencia de sus aún no cumplidos 16 años así lo
exigía. De hecho, se conocen unos textos escritos por Felipe IV en esta época,
consistentes en unos resúmenes y comentarios de un documento oficial redactado en 1.618,
que aparentan ser unos "deberes escolares" o prácticas para aprender el
"oficio" de rey. También se sabe que en esos años el conde de Olivares ordenó
hacer unas aberturas en las salas de los Consejos para que el nuevo rey pudiera
familiarizarse con el procedimiento seguido en las reuniones, el material debatido, sus
miembros y, en definitiva, las infraestructuras del gobierno.
La formación de un
príncipe, empero, no podía quedar concluida con lo ya reseñado. Era imprescindible
imbuirle una serie de ideas y creencias que sirvieran como parámetros mínimos de los que
no debía desviarse en sus actuaciones futuras. En la obra "Política
española", publicada en 1.619, fray Juan de Salazar decía que la Monarquía
española encarnaba una serie de principios fundamentales basados en "la
religión, el sacrificio y culto divino y el celo de la honra y servicio de Dios",
rechazando por ello de plano "las reglas y documentos del impío Maquiavelo que el
ateísmo llama razón de estado". En "Idea de un Príncipe
Político-Cristiano", publicada en 1.640, Diego Saavedra Fajardo señalaba también
que "los príncipes sólo tienen dos señores, Dios y la fama. Estas autoridades
les obligan a portarse lo mejor que puedan, por miedo al pecado, por un lado, y a la
infamia, por el otro". Efectivamente, los Habsburgo españoles siempre tuvieron
una visión del mundo en la que el rey de España tenía, junto a unos derechos, unas
responsabilidades de las que no podía sustraerse, basadas en ser los garantes de la
amenazada religión católica y en el concepto de "reputación". Tal vez estas
consideraciones agravaron la convicción existente en el exterior de que la Monarquía
hispánica actuaba movida por un catolicismo agresivo e intransigente y una mentalidad
imperialista, lo que provocaba que su política despertara tantas suspicacias y
hostilidades en toda Europa, pero no hay que perder de vista que tales ideales
orgullosamente invocados eran la fachada que escondía una actitud práctica
que sólo buscaba defender las posiciones ya alcanzadas.
Otro elemento básico de
la educación de un príncipe de España consistía en hacerle ver y sentir la grandeza de
su linaje, del imperio que podía llegar a gobernar y de la posición que ocupaba en el
mismo, todo lo cual dependía así lo creían al menos de la gracia de Dios
hacia su pueblo escogido para defender y extender la verdadera religión. Es indudable que
muy pronto conocería que las posesiones del rey de España abarcaban toda la Península
Ibérica (desde la anexión de Portugal en 1.580); el dominio de gran parte de la cuenca
occidental del Mediterráneo (Baleares, Sicilia, Cerdeña, reino de Nápoles, algunos
puertos de la costa toscana, el ducado de Milán); algunas plazas en el norte de Africa
(Melilla, Orán...); el Franco-Condado y la parte meridional de los Países Bajos (Artois,
Brabante, Flandes, Hainaut y Luxemburgo); y fuera de Europa, un inmenso imperio colonial
de origen español (Centroamérica, Antillas, la costa occidental de Sudamérica y
Filipinas) y portugués (Brasil y multitud de factorías en las costas de Africa y Asia).
El mayor imperio del
mundo únicamente podía sustentarse en base a un poderío militar incontestable. En
1.614, el archiduque Alberto envió desde Bruselas a su sobrino el príncipe Felipe un
expresivo regalo: una colección de soldados de juguete fabricados en madera y creados por
Alberto Struzzi. Estaban representados regimientos y compañías con sus diferentes
banderas y armas; había incluso un castillo que debía ser sitiado y los materiales
necesarios para cruzar un río o para la construcción de lagos artificiales. Aunque el
obsequio tenía por finalidad principal el juego o divertimento, resultaba muy útil para
dar a conocer al futuro Felipe IV la existencia de los Países Bajos y, sobre todo, el
ejército que los defendía. El juguete bélico era, en efecto, una réplica del ejército
más famoso de entonces, el de Flandes, que España mantenía en aquellas tierras desde
que en 1.567 se iniciara la rebelión de los Países Bajos hacia su legítimo Señor, el
Rey Católico, quedando en adelante divididos en dos zonas: la norte, no sometida a los
dictados de Madrid (que daría lugar, con matices, a la actual Holanda), y la sur,
mantenida como parte integrante de la Monarquía hispánica (que daría lugar, también
con matices, a la actual Bélgica). Este ejército estuvo normalmente formado por
infantería española los famosos "tercios", que eran las unidades de
élite, italiana, alemana, valona, inglesa y borgoñona, además de por caballería
ligera y pesada. Sin embargo, tanto en el juguete diseñado por Struzzi como en la
realidad, al ejército de Flandes le faltaba el complemento y apoyo de una potente fuerza
naval, elemento imprescindible si se considera que luchaba contra una república
marítima, como era la holandesa, que tenía como fuente de vida y resistencia el comercio
por el mar.
Por el momento, el joven
heredero del trono español podía limitarse a divertirse y aprender, mas el destino le
había escogido para ser uno de los protagonistas de la historia de España, Europa y el
mundo. Él no podía saberlo todavía, pero gran parte de sus posibles actuaciones futuras
al menos en política exterior, objeto de nuestro estudio iban a quedar
condicionadas y determinadas por una serie de hechos acontecidos en los primeros años del
siglo XVII, durante su infancia y adolescencia, sobre los que es necesario dar sucinta
cuenta.
Unos meses antes del
nacimiento del príncipe Felipe, concretamente el 22 de septiembre de 1.604, Ambrosio
Spínola logró un gran éxito frente a las rebeldes Provincias Unidas de los Países
Bajos septentrionales al reconquistar Ostende para los archiduques Alberto e Isabel
gobernantes "autónomos" de los Países Bajos meridionales desde
1.598. El sonado triunfo solamente pudo obtenerse después de tres años de asedio
de la ciudad portuaria y gracias a la intervención personal del propio Spínola, que en
1.602 había dirigido una expedición de 9.000 hombres para unirse al ejército de Flandes
y que un año después se había ofrecido a los archiduques para financiar el interminable
cerco de Ostende a cambio de recibir el mando de las operaciones. La oferta de aquel
genovés, perteneciente a una gran familia de banqueros y él mismo millonario y con
amplias posibilidades crediticias, resultó tan tentadora que fue aceptada ante las
dificultades crónicas existentes a la hora de hacer frente al pago de las tropas de
Flandes y el consiguiente peligro de amotinamiento o deserción. En todo caso, la
decisión fue arriesgada, pues Spínola carecía de formación y experiencia militar, y
las dotes de observación, rapidez de aprendizaje y enorme capacidad organizativa de las
que muy pronto dio sobradas muestras sólo a posteriori pudieron borrar las inevitables
dudas surgidas inicialmente. La sorpresa ante el descubrimiento de la categoría de su
nuevo servidor impresionó a Felipe III, y ni siquiera la operación holandesa de
distracción por la que cayó en sus manos el importante puerto de Sluis en agosto de
1.604 destruyó los renovados ánimos de la corte española ante las perspectivas que
podían abrirse en la guerra del norte de Europa. Spínola pasó el invierno de
1.604-1.605 en la Península Ibérica y regresó a los Países Bajos convertido en
lugarteniente del ejército de Flandes y superintendente de hacienda, es decir, había
obtenido el control total sobre las tropas y el tesoro militar de aquel ejército
cargos que ocuparía durante más de dos décadas. Nuevos bríos, entusiasmo y
esperanzas, nuevo jefe militar...; todo apuntaba a que España sostendría una nueva ronda
de operaciones contra la República holandesa.
La coyuntura
internacional creada en torno al año 1.604 fue la que determinó finalmente que la
Monarquía española se decidiera por lanzar una gran ofensiva contra las rebeldes
Provincias Unidas, con el propósito de que, al menos, la presión las mostrara más
inclinadas a firmar una paz que aquélla considerara honrosa. A la victoria militar
derivada de la toma de Ostende se unieron actuaciones diplomáticas de gran calado que
propiciaron el advenimiento de la paz con tradicionales enemigos de los Habsburgo
hispánicos, lo que dio una oportunidad insuperable para concentrar todos los recursos
contra los enemigos neerlandeses.
Tuvo especial importancia
el "tratado de paz, alianza y comercio entre el Señor Rey Católico Don Felipe III y
los Señores Archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia sus hermanos de una parte, y el
Serenísimo Rey de Inglaterra Jacobo I de la otra", concluido en Londres el 28 de
agosto de 1.604. Por él, a cambio de unas concesiones comerciales beneficiosas a la
comunidad mercantil inglesa que no incluían la ruptura del monopolio del tráfico
hispanoamericano, la Monarquía española obtenía sobre el papel ventajas
apreciables: interrupción de los suministros ingleses víveres, soldados, dinero,
pertrechos, armas, municiones a las Provincias Unidas; presiones inglesas sobre los
Países Bajos septentrionales para que aceptasen una transacción honorable con España;
supresión del corso británico; disponibilidad de los puertos de Inglaterra para comercio
y guerra bajo ciertas condiciones; o posibilidad de atracción de los transportistas
ingleses con el fin de interesarles en el tráfico entre la Península Ibérica y el mar
del Norte o Báltico. Aunque el tratado fue criticado abiertamente por los belicistas de
ambas partes, no cabe duda de que supuso un alivio inmediato para España en su pesada
carga de guerra y la penetración legal de Inglaterra en el inmenso y prometedor mercado
hispánico.
Sigue |