1. EL
MUNDO ALREDEDOR DE UN PRÍNCIPE (1.605-1.621).
El día 8 de abril de
1.605 nació en Valladolid el primer hijo varón de Felipe III. Pocas semanas después fue
bautizado en la Iglesia de San Pablo, dándole los nombres de Felipe Domingo Víctor de la
Cruz, futuro Rey Felipe IV.
El hecho de que naciera
en la ciudad del Pisuerga tuvo su causa en que ésta era la sede oficial de la Corte desde
1.601. Tradicionalmente se ha considerado que el traslado de la misma se produjo por dos
motivos: el primero, porque el Concejo vallisoletano, comprendiendo los beneficios que se
pudieran derivar de ser la capital de un imperio, lo solicitó ofreciendo a cambio una
importante cantidad del dinero que tanto estaba necesitando el erario público; el
segundo, porque el duque de Lerma, valido del rey, deseaba alejar a éste de las
influencias de su tía-abuela la emperatriz María, una de sus más implacables
opositoras, que había regresado a España en 1.581 tras la muerte de su esposo
Maximiliano II y que desde entonces vivía como monja en el convento de las Descalzas
Reales de Madrid, al tiempo que acercaba la Corte a donde radicaban la mayor parte de sus
dominios. Poco duró, sin embargo, el goce de la capitalidad, pues en 1.606 la Corte se
trasladó de nuevo a Madrid ya definitivamente. Influyó para ello el hecho de
que fue ahora el Concejo de ésta villa quien ofreció al rey la suma de 250.000 ducados,
pagaderos en diez años, que podían ser utilizados en la construcción de nuevos
aposentos para la reina en el Alcázar. Además, como corolario del suceso, tres años
antes ya había muerto la emperatriz y con ella el temor que sentía Lerma a ver
erosionada su privilegiada posición.
Una de las
características más relevantes de la Monarquía española del siglo XVII fue el
fenómeno del valimiento. Si Felipe II, un rey trabajador y meticuloso, siempre optó por
repartir el trabajo administrativo que no el poder o el ejercicio de la
responsabilidad política entre sus diferentes colaboradores, no hizo lo mismo su
sucesor, al que no interesaban en absoluto los asuntos de gobierno y procuraba alejarse
constantemente del despacho cotidiano de los negocios. Por esa razón, desde el mismo
momento en que accedió al trono comenzó a distanciarse del sistema de gobierno personal
practicado por su padre y delegó el poder en un ministro principal de su elección. El
afortunado fue don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia y elevado
rápidamente a la condición de duque de Lerma, cuyo mérito principal era su amistad
personal con el rey.
Lerma, sin embargo, no
quería el poder para imponer un determinado programa político; no tenía interés en
gobernar la nave del imperio español, sino que, al contrario, únicamente ambicionaba
aprovechar su situación de privilegio para obtener prestigio y ganancias materiales para
él y los suyos. Acaparó los cargos de Caballerizo Mayor y Sumiller de Corps de Su
Majestad, Consejero de Estado y Capitán General de la Caballería de España, y reforzó
sus posesiones personales con nuevas compras de tierras y jurisdicciones que se
extendían por Valencia, Burgos, Palencia o Valladolid gracias a las mercedes que
recibía por sus servicios y el favor real. También desarrolló una inteligente política
de enlaces matrimoniales entre sus hijos y los miembros de algunas de las familias más
importantes de la Grandeza española, al tiempo que situó en los diferentes puntos claves
de la Administración a miembros del clan de los Sandoval, logrando tejer, mediante el uso
del control que ejercía sobre el patronazgo real, una red de aristócratas afines que, a
su vez, le afianzaran en el mantenimiento de su envidiable y envidiada
posición.
En muy pocas ocasiones
Lerma participó en las sesiones celebradas por el Consejo de Estado, y cuando le
interesaba imponer una determinada directriz política prefería ejercer su influencia
directamente aconsejando al rey acerca de las respuestas a las consultas de los
consejeros. Esta falta de un rey enérgico y emprendedor y de un valido que supliera estas
carencias permitió a los Consejos asumir superiores responsabilidades y un mayor control
sobre los asuntos de su competencia, favoreciendo que aumentara la importancia y autoridad
de tal institución. El inconveniente de este revitalizado sistema de gobierno conciliar
radicaba en que su inevitable dependencia del monarca hacía de él un instrumento de
exasperante lentitud a la hora de adoptar una decisión, siendo favorecida su falta de
celeridad por el excesivo afán de Felipe III de viajar muy a menudo por España, lo que
provocaba que las decisiones de gobierno adoptadas desde Madrid se retrasaran
constantemente al tiempo que trataba de mantenerse en permanente contacto con la corte
itinerante.
Las continuas jornadas
reales fueron en todo momento organizadas por Lerma con gran diligencia, pues eran el modo
ideal de alejar a Felipe III de influencias no deseadas. El ambicioso duque no dudó
incluso en protagonizar una feroz lucha con la reina Margarita para atraerse al rey.
Margarita se había revelado hostil al régimen implantado por Lerma y aprovechaba las
oportunidades que se le brindaban para maniobrar entre bastidores contra el omnipotente
valido. Se había convertido en un importante adversario, pues no sólo resultaba
manifiesta la gran consideración y respeto que el rey mostraba hacia ella, sino que
además la joven consorte había alcanzado un rango superior desde que se convirtió en
madre del príncipe heredero. La rivalidad, en todo caso, no duró mucho, ya que Margarita
de Austria murió en 1.611, a los 26 años de edad, después de una corta vida en la que
dio a luz ocho hijos, solamente cinco de los cuales llegaron a la madurez: Ana, Felipe,
María, Carlos y Fernando. Ana, la mayor, fue destinada a mejorar en lo posible las pobres
relaciones que España mantenía con Francia. Muerto su belicoso rey Enrique IV en 1.610,
la reina regente, María de Médicis, se mostró favorable a un acercamiento a los
Habsburgo mediante el casamiento, por un lado, de su hijo, el rey Luis XIII, con la
infanta Ana, y por otro, de su hija, Isabel de Borbón, con el joven Príncipe de
Asturias. Por este motivo, en 1.612 se firmaron las capitulaciones matrimoniales y tres
años más tarde dos comitivas, una francesa, encabezada por el duque de Guisa, y otra
española, encabezada por el duque de Uceda, se encaminaron hacia la frontera del Bidasoa
para allí hacer entrega de sus respectivas princesas.
En ese preciso año,
1.615, don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde de Olivares, que contaba 28 años de edad,
consiguió su anhelado cargo en la Corte: al casarse con Isabel, el heredero al trono
obtuvo su propia casa y Lerma accedió a que Olivares fuera elegido como uno de los
gentilhombre de la Cámara del príncipe decisión de la que tendría tiempo de
arrepentirse. El joven conde, en efecto, cambió muy pronto sus simpatías
políticas, y aprovechando que se había creado una facción de oposición dentro de la
propia familia de los Sandoval, dio su apoyo al duque de Uceda, hijo de Lerma, y a fray
Luis de Aliaga, confesor del rey e inminente Inquisidor General, para minar la posición
del valido. El objetivo se consiguió en 1.618, año en que Lerma y sus colaboradores más
cercanos como Rodrigo Calderón hubieron de salir de la Corte. Aunque el rey
declaró que en adelante iba a ocuparse personalmente de los asuntos del gobierno y del
despacho de los "papeles", su carácter indolente se lo impidió. De hecho,
pronto compartieron el favor real los vencedores Uceda y Aliaga, mas, eso sí, detentando
un grado de poder inferior al que en sus años de gloria había disfrutado el padre de
aquél. Los Consejos, por su parte, siguieron mostrándose como órganos repletos de
energía, en especial el de Estado (del que significativamente Uceda no formaría parte
hasta los últimos días del reinado), cuya reciente reestructuración le había
revitalizado de tal forma que le hizo convertirse en el auténtico centro de decisiones de
la Monarquía.
Entretanto, el conde de
Olivares trabajaba en dos direcciones: una, ganarse la confianza del joven Príncipe de
Asturias (desde principios de 1.617 su posición era ya segura en este sentido); otra,
minar ahora la nueva situación de Uceda y Aliaga creando una base de poder propia y
alternativa. Para ello buscó un aliado de peso dentro de su propia familia: su tío
Baltasar de Zúñiga. Hijo del cuarto conde de Monterrey, su autoridad había crecido al
tiempo que aumentó su prestigio como diplomático. Cumplió con éxito sus misiones como
embajador de España en la corte de los archiduques Alberto e Isabel en Bruselas
(1.599-1.603), en París (1.603-1.606) y en la corte imperial de Praga (1.608-1.617).
Después, Zúñiga recibió órdenes de regresar a Madrid, donde serían aprovechables sus
amplios conocimientos en materia de política internacional, y el 1 de julio de 1.617
ocupó por primera vez su plaza en el Consejo de Estado. En pocos meses, su inteligencia,
sobriedad de carácter y experiencia lo convirtieron en la principal voz de las reuniones
del Consejo. Cuando en septiembre de 1.619 Felipe III cayó gravemente enfermo en el
camino de vuelta de un viaje oficial a Portugal, por el que su hijo el príncipe Felipe
juró como heredero de la corona portuguesa, existían dos facciones que pugnaban por el
poder: Uceda-Aliaga, que dominaba la cámara del rey y el Alcázar, y Guzmán-Zúñiga,
que dominaba la cámara del Príncipe de Asturias y, cada vez de forma más evidente pero
no sin continuas luchas cortesanas, el Consejo de Estado.
El rey nunca logró
recuperarse plenamente de su enfermedad, y el 31 de marzo de 1.621, con tan sólo 42 años
de edad, murió. Perdida la base de su poder, se mostró de modo irrefutable la derrota de
la facción Uceda-Aliaga. A Aliaga se le prohibió asistir al Consejo de Estado, así como
a Uceda y a los miembros más estrechamente vinculados con el anterior régimen con
lo que la influencia de Zúñiga se hizo sentir con más fuerza, y se le obligó a
dimitir de su cargo de Inquisidor General; se arrestó al duque de Uceda y se embargaron
los bienes de Lerma, nombrando un tribunal especial que investigara sus actividades
corruptas; Rodrigo Calderón, de alguna forma símbolo de unos tiempos que ahora se
querían olvidar, fue acusado, entre otros, de los delitos de complicidad en un asesinato
y desfalco, y posteriormente sentenciado a muerte y ejecutado. En cuestión de días,
muchos de los ministros del finado rey fueron removidos de sus cargos. Definitivamente, la
muerte de Felipe III no sólo provocó la subida al trono de su hijo y heredero Felipe IV,
sino también la salida del poder del clan de los Sandoval y la ascensión al mismo de las
familias emparentadas de los Guzmán, Zúñiga y Haro.
Sigue |